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El jueves 31 no hay nada mejor que hacer

Julio 22, 2008

¡FIESTA DE LA TOCADITA!

Jueves 31 | 23 hs | Hi Fi | Larrañaga 133

Llega la fiesta de la tocadita. llega la fiesta de la Piedra en el Zapato.
desde las 23 y hasta que se hagan agua los helados, para presentar el número 38 (sí, en la tapa dice 37, pero bueno, NOSOTROS NO AUMENTAMOS NI EL PRECIO NI EL NÚMERO)
Música tipo Pinchilón fest (DJ Leites) - Ambiente cálido - Chicos fáciles
El director del Museo Emilio Garrafa Sánchez presenta: EL BAILE DEL CAGNOLO
Viva Perón Body Painting: La mujer de Schiaretti te pone un nombre peronista ¡en vivo!
El dibujante de Pinchila’s expone sus obras más recientes (”La Pinchila de la memoria”, “Pinchila con Cerrito”, “Pinchila Latina” y “Pinchila sonora”, entre otras)
Y no mucho más que eso.
Con tu entrada de $5 te damos los dos ejemplares de La Piedra en el Zapato versión PERRO PRODUCCIONES.
Además haremos una colecta solidaria para poder sacarnos al Perro de encima.

 

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Los Ideales | parte 2

Julio 17, 2008

Hay algo en el desencanto de la mujer de las mermeladas que la convierte en un objetivo inevitable de mis ojos. El rastro del llanto me hace notar que no lleva maquillaje –o que, si algo cubre las imperfecciones de su rostro, no es una máscara de polvos sino el resultado de los años–. Atribuyo a mi abrupto exceso de vino el exceso lírico y fácil de mis apreciaciones, pero me guardo ese juicio para más adelante, para cuando, si todo sale bien, tenga que buscar temas de conversación antes de dormir.
La hija sabe lo que quiere: no deja que mi copa se vacíe. Soy lo más parecido a un joven en toda la cena, ella se vuelve a Madrid en dos semanas, su ex novio argentino la vio en la calle y no deja de mandarle mensajes de sms con versiones melindrosas de un mismo insulto. Quiero hablarle de su madre pero le pregunto qué hace en Madrid. Escucho “dice mi mamá que te la lleves a tu casa”, pero en realidad me está diciendo que cursa una pasantía en El País. Sonrío porque sé que ahora viene la matraca de que en Europa todo es distinto.

-Allá todo es diferente.
-Me imagino que sí.
-Es otra cosa.

La comida es sabrosa y picante, y hay una batalla de aromas en mi boca, que se suma a la sed que me da la serie de escotes madre e hija, cuatro pechos casi idénticos. Quiero que la conversación derive hacia alguna manera de que la madre participe, y en el recorrido de esa obsesión dibujo un gesto arriesgado. Le pregunto a la madre si ahora que la hija vive en España ella se ha quedado sola, o si hay más hijos, o un esposo, o si, insisto, está sola en la casa de San Marcos. 

Cuando está por contestarme le alcanzan un álbum de fotos, un cuaderno ajado que se interpone entre mi deseo y su cuerpo sorprendente. Al principio lo tomo como una desgracia, pero después me acerco a ver las fotos con ella y aprovecho para oler su perfume.

En las fotos aparecen varios de los invitados a la cena, y también mi amigo anfitrión: todos aparecen jóvenes, y el blanco y negro les delega un aura de muerte preciosa. Sonríen, bailan, discuten. Las fotos y el cuaderno son de décadas distintas, pero comparten el deterioro que resulta de esconderse. Algo similar pasa con los invitados, y cuando lo percibo me siento desconsiderado y adolescente. Toda la noche pensando en tetas.

El perfume es dulce y es encantador. Reconozco la marca: sobre la piel de otra mujer me había hecho perder la cabeza. Me guardo el dato para cuando vuelva a estar cerca de la oreja de la madre. Cuando me siento, mi copa de vino está llena otra vez y la hija me mira como para contarme cosas de España. Quiero decirle cortala con España, pero me sale un contame más, ¿dónde vivís, en un apartamento?
¿Por qué dije “apartamento”? ¿Por qué le pido que siga hablándome de un país al que no viajaré jamás, sólo por el cansancio que me provocan estas conversaciones con los exiliados del 2001?

-Vivo con unos amigos de mi mamá. En la misma casa en la que ella vivió cuando se fue en el ‘77.
La madre, gloriosamente, interrumpe.
-¿Están hablando de mí?
-Me pasaría un año hablando de vos.

En realidad le digo que sí. Quiero decirle que me pasaría un año hablando de ella, pero le digo nada más que sí. Cuando se acomoda en la mesa para participar más cómoda de la conversación, sus pechos se aplastan contra el borde y después retoman su redondez, se exquisita firmeza. Hago fuerza para mirarla a los ojos, a pesar de que mis pupilas parecen gritarme teta teta, pero es peor. Es mucho peor: los ojos de la madre me producen el mismo efecto que los conjuntos de Mandelbrot de Peitgen y Richter, o que el riff inicial de I might be wrong. Como si una corriente de aire frío erizara mi piel. La erección es inmediata, torpe, atroz.

-¿Pleasures, de Estée Lauder?

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Diccionario en Alta Gracia

Julio 16, 2008

El viernes comienza la Feria del Libro de Alta Gracia, que está buenísima.

Diccionario y La Piedra en el zapato comparten stand en el Colegio Angloamericano.

Además, el martes 22 a las 18 presentamos Diccionario en velada serrana.

Alta Gracia queda a 35 kilómetros, en auto, el viaje dura exactamente lo mismo que In Rainbows.

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Los ideales | parte 1

Julio 15, 2008

Me invitan a sentarme donde quiera pero los lugares libres son tres. La mesa parece a punto de desbordar de comidas y botellas de vino tinto. La invitación más interesante  viene de la mirada intensa de una mujer, que levanta una de las botellas y hace ademán de servirme vino en la copa que corresponde al lugar vacío que quedó al lado de su hija. Que se junten los jóvenes, dice. Yo escucho: “si tuvieras veinte años más”, pero ella dice “que se junten los jóvenes”.
Acepto porque no sé decir que no, pero también porque no hay mucho para decidir, y definitivamente porque la mujer es tan atractiva como su mirada, y está vestida como si en los ’70 hubiera sido la mujer más linda de la Argentina.
La hija es parecida, pero la relación entre sus bellezas es la que hay entre el encanto propio del mar y la gracia de una playa que se forma por efecto de ese mar. Y acaso lejos de su madre la chica ni siquiera sea tan linda, como una playa sin agua es un desierto.
Igual brindo por la juventud, les sigo el juego: madre e hija abandonan conversaciones previas y hacen preguntas rápidas: ¿viniste solo?
Íntimamente celebro el giro que han dado estas reuniones de amigos mayores, pero no por la presencia de la chica de 26, periodista, de izquierda. Por la mujer de 52, fabricante de mermeladas en San Marcos Sierras, artesana, desencantada.
Las dos tienen no la misma camisa pero sí el mismo escote: como si la hija hubiese heredado además del gesto preciso de la sonrisa de la madre, la manera en la que la tela cae sobre los pechos redondos, firmes, notablemente erguidos.
No puedo dejar de mirar las cuatro tetas en fila y supongo que ellas se dan cuenta y por eso se ríen: ahora mismo tengo 14 años y la mujer es mi profesora de gimnasia con pantalones ajustados, la amiga de mi tía desnuda en un almanaque de gomería y la empleada de un amigo agachándose a estrujar el trapo de piso. Una antología torpe,  grosera y biográfica del erotismo pasa por mi cabeza hasta que alguien propone un brindis para homenajear al anfitrión de la cena, que cumple 64 años, que parece fracasar en su intento de disimular el portaviones de imágenes que se le vienen a la cabeza.
Yo sigo pensando en escotes de madre e hija. No puedo conmoverme, aunque disimulo un gesto complaciente para el brindis. Un clima solemne se instala en la mesa, yo escucho “tocámelas, dejá de mirarlas y tocámelas” pero la mujer recita un breve poema épico de algún primer justicialismo y todos levantamos aún más las copas. 
Entonces cruzamos miradas, la hija y yo. Quiero decirle que me gusta la madre, la madre, pero no digo nada. O lo que digo es tan ambiguo que es peor que nada.
Brindan por el juicio a Menéndez. La euforia de la mesa es una lluvia breve de vino tinto en gotas que manchan el mantel y la camisa de la mujer, gotas de vino sobre los pechos redondos y firmes de la mujer de las mermeladas.
Íntimamente me pregunto quién será mi Menéndez, cuando llegue mi turno, pero la reflexión es un relámpago débil, insignificante. La hija me toca la mano para pedirme un cigarrillo y me hace señas para que la acompañe a fumar al patio.
–Van a cantar la marcha peronista.
–No traje encendedor.
Cuando salimos al patio los escuchamos con ternura y cierta cómoda idiotez. Fumamos como si nos resultara indiferente y hablamos de New Order, de Beck, de música para patios. A los de adentro los une una marcha, a nosotros un cigarrillo mal fumado. Cuando volvemos a entrar hay algunos invitados secándose las lágrimas. La madre nos quiere explicar que es inevitable, yo escucho “quiero que me chupes las tetas”, pero ella dice “todos los años pasa lo mismo”.

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Cuellópolis

Julio 10, 2008

Hay que ir a ver la muestra del Cuello en el Buen Pastor.

Aquí, un fragmento de una nota más larga, sobre la Feria Infantil del Libro. La parte que habla de lo mejor de esa Feria.

Cuello

(…)

A un par de pasillos de distancia de la fiesta anárquica de la Feria infantil del Libro, unos muñecos de colores estridentes viven su propia tarde de juegos. En las alas de la capilla del Buen Pastor, Jorge Cuello expone pinturas que fueron compuestas para libros infantiles. Esa filiación con el tema de la feria es apenas la excusa para que la obra de lo más parecido a un niño que puede ofrecer la constelación de pintores locales despliegue su invitación a sumarse al juego.

La de Cuello no es una obra reductible sólo al mundo infantil: fuera del ámbito de la literatura para niños, Cuello indaga en los tabúes y las contraindicaciones de la cultura cordobesa con un ojo ácido, entrenado en los márgenes de la ciudad y en los sórdidos trasfondos de su alcurnia. Y, sin embargo, no deja de ser un niño: tiene la risa más potente de la que se tenga memoria por estos lados, una carcajada poderosa, contagiosa y despreocupada, y tiene también el mismo entusiasmo de los chicos que corren al borde de la fuente.

Esa parte de Jorge que sigue siendo un niño tiene una capacidad especial: puede dibujar personas, animales, casas y muñecos no como son en realidad, sino como son en los sueños. Gatos de boca enorme y gesto de fastidio, cocodrilos melancólicos, globos que tienen la forma de platos voladores. En los dibujos de Cuello parece haber una clave para pasarla bien pase lo que pase.

La muestra incluye dibujos hechos para libros de Laura Devetach (Clopas de la humedad, Margarita tenía una pena), Liliana Moyana (Soy niña), Iris Rivera (Historias de no creer), Perla Suez (El señor de los globos), Graciela Pedraza (El otro lado del mundo), Laura Escudero (Cuento con bufanda) y Aldo Tulián (Cuento con trenes). El conjunto da cuenta de la capacidad que tiene Cuello para leer esas historias con ojos de niño y de su estrepitoso espíritu humorístico, que se cristaliza cuando agrega palabras que parecen salidas de los cuentos, pero no del patrimonio técnico de la literatura infanto juvenil, sino de ese ámbito tierno y familiar de las historias que cuentan los padres a la noche para que los chicos duerman. A una tormenta roja roja Cuello le agrega la palabra “tormentón”, y a un reloj que es mirado con vasta preocupación por una nena apurada le agrega, en lugar de las horas, las letras que forman la palabra “tardísimo”.

Cada obra de Cuello tiene una tarjeta con el precio de venta, el e-mail del artista y todos los teléfonos posibles para concretar el trámite comercial: la desfachatez del gesto no deja de generar una cierta ternura.

(…)

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Links del lunes

Julio 7, 2008
  1. Cuando pensaba que la resaca de la Random y el espacio vacío JC iban a terminar con mi vitalidad, un minuto de All I Need desde un recital de Radiohead en Francia me salvó el domingo. Justo era la parte que Tom dice it’s all right, it’s all right.
  2. “Vivimos en tiempos de superinflación de las tecnologías del narcisismo“. No sé cómo lo hace, pero Cippolini siempre encuentra la forma de definir el presente.
  3. Periodistas Google. Golazo al ángulo.
  4. Lo mejor del sábado fueron las dos horas de Romeo y Julieta, por El Chonchón. Títeres para adultos. No me acuerdo de la última vez que me había reído tanto. Me dolió la panza el resto de la noche.  Desde ahora son mis humoristas preferidos.
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Hoy recomendaciones hoy

Julio 4, 2008

Hoy a las 17 con mi amigo José Playo hablaremos boludeces sobre el humor en un ciclo que hay en el Palacio Ferreyra. Mi conferencia se va a llamar: “El humor sirve para cogerse a la novia del boludo que deja mensajes anónimos en mi blog”. 

Bueno, si quieren ir, los espero. Es gratis. Y como incentivo habrá revistas La Piedra en el Zapato a un precio especial de $ 4,80.

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Si no van y tienen ganas de divertirse de otra manera, no se pierdan este post de Vic, que es una de las razones por las que todos la queremos.  O si no, este videíto muy bonito.

Para la noche, esta fiesta. Y después a la Random. Y que se hagan agua los helados.

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Tres cosas para un jueves

Julio 3, 2008
  1. El relato de ayer era ficción. Me llegaron e-mails con amenzas exageradas, por lo que asumo que algún gil se lo tomó muy en serio y además tiene una novia con el ringtone de kill bill. Bueno, tranqui, macho. Tu casa está en orden. Fue un chiste.
  2. Hoy salió esta nota sobre Diccionario en Crítica de Argentina, el diario de Lanata. Estamos muy contentos. http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=7338.
  3. En serio, macho, era ficción. Y si te fijás bien no es un relato de “winner”. El protagonista está perdido, muy perdido. Como yo. Y como tu novia.  
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Me estoy cogiendo a la novia de uno que deja mensajes anónimos en el blog.

Julio 2, 2008

Conocí a Miguel cuando éramos familia. Su amistad no precisa demasiados gestos. Le pedí un favor y lo hizo: con algunos datos que para mí resultaban inútiles, identificó a uno de los que dejan insultos anónimos en el blog.

No sé por qué se lo pedí. O sí lo sé, y me cuesta admitirlo: emocionalmente tengo una fragilidad increíble. Se espera de los autores de los blogs que respondan con altura a los insultos que indefectiblemente recibirá. Bien, soy incapaz de eso.

Transformados los datos en información, busqué al culpable en facebook. Cara de poeta, barba descuidada, lindo chico. Unos años menor que yo. Estudia humanidades.

Se saca fotos con la novia.

Córdoba es una ciudad muy chica. Las distancias para una maldad son muy cortas.

A la novia le gusta la poesía y la música combativa. Cursamos juntos un taller de crítica. Le mandé un mail con una excusa tonta y la agregué al Messenger.

Ella no entra al blog, aunque lo conoce por comentarios de un amigo.

Me hace bien que no hable de su novio, y quiero saber cuánto demorará en decírmelo. En los primeros dos días no lo menciona. Nos vemos en el X Bar porque se puede fumar y porque preparan el mejor margarita de la ciudad.

Es linda, pero el hecho escandaloso de que esté de novia con la persona que me insulta me hace despreciarla. Igualmente me comporto de modo amoroso, casi estúpido. Apuesto que así funcionará, y así funciona. Un payaso siempre consigue su objetivo, porque su objetivo es sencillo.

Se ríe y se lleva las manos al pecho, un dedo se engancha en el botón de su camisa. Yo le cuento tonterías, Tarantino, la música de Ameliè. Un payaso siempre cumple su objetivo porque sabe con qué juega. ¿Kill Bill es lo más? Kill Bill es lo más.

Saca su celular y me hace escuchar el ringtone de los silbidos. En el fondo de pantalla de su celular hay una foto de ella misma.

-Salís linda en esa foto.

-No. Soy un desastre. La puse porque me da gracia.

-Salís linda y lo sabés. Por eso la pusiste.

-¿Creés que soy linda?

Entendimos el juego y vamos rápido. Los efectos del alcohol, las canciones de Bersuit: los temas de la conversación son una autopista a sus piernas. En media hora tengo mi mano a cinco centímetros de su pubis.

-¿Vivís sola?

–No

–Ok. Vamos a mi casa.

–Vivo con mi novio.

–No voy a dejarte marcas.

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NO PUEDO PARAR

Julio 1, 2008


La piedra en el zapato | edición 38 
Hichale las bolas a tu quiosquero para que se la pida a la distribuidora
Si no, en Rubén Libros, Deán Funes esquina General Paz.

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María / parte 8. Final.

Junio 29, 2008

Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 - Parte 5 - Parte 6 - Parte 7

Cuando llegué a casa tenía la inquietud de haber matado al animal pero también la decepción de que ese momento no había significado una revelación. Frente a frente, cerdo moribundo y hombre no éramos nada más que una postal ligeramente cómica de la ruta que une la ciudad y mi estrepitosa, flagrante soledad. La trivial sensación de que podría haber muerto en ese accidente menor, de que las vueltas que dio el auto podrían haber acabado conmigo si la casualidad hubiera puesto un árbol en el trayecto alocado que dibujaron las ruedas, me generó un insomnio ridículo. Logré dormirme bajo la acción de unos fármacos que terminaron de completar el lamentable cuadro de la madrugada. María va a casarse y ese ni siquiera es el problema. Mariana va a salir conmigo, probablemente nos acostemos, nos desnudemos simulando entusiasmo y nos usemos, de la misma manera en que un fabricante de armas usa el plomo para construir un desastre del que no dejará de sentirse víctima.

María va a casarse y ese no es el problema. Al día siguiente de chocar contra el enorme cerdo suelto en la ruta la miré detenidamente y tuve una sensación novedosa: mi amor era incondicional porque era la clase de amor que tampoco significa nada, el opaco resultado de una educación sentimental orientalista para principiantes. María me gusta, me excita, pero lo que yo creía que era amor, si alguna vez había habido amor, ya no estaba, se había mudado a un barrio desconocido y en su lugar había llegado, para quedarse a vivir, un afecto indiferente, una versión benigna del desprecio, lo que queda cuando una cortina de humo se desvanece. Podía mirarla sin desearla, o mejor aún, podía desearla sin amarla, sin que su espalda cambie el mundo ni el día, ni la música habitual de la oficina. ¿Se me había pasado? ¿Me había curado como quien ingiere un antibiótico?

Le conté mi choque con el chancho y en un momento de empatía me tocó el brazo. Pensé que unos días antes ese acto me hubiera estimulado a escribirle con el sensacionalismo de los poetas adolescentes. Pero ahora, por motivos que sólo podía atribuir al cansancio de la situación, a una imposibilidad simulada en lo inevitable de un matrimonio y en lo aparentemente definitivo de una elección sexual que no nos incluía ni a mí ni al resto de los hombres del mundo, la mano de María sobre mi brazo era lo mismo que el chancho atropellado en la ruta, lo opuesto de una revelación.

La mayor parte de mi vida transcurre tal como quisiera escribirla y no como quisiera vivirla. Por eso le pido que no me toque el brazo. En un ejercicio cruel e insignificante le pido que no me haga más difícil la situación, como si mi amor fuera verdadero y como si su brazo pudiera dificultar algo. Algo. Entonces me mira, se detiene en mis ojos. Tengo para mí que se da cuenta de que ya no es lo mismo, y que por primera vez se hace evidente que la distancia entre nosotros se mide en los términos  de una mentira. Podríamos haber cogido y estaríamos en este mismo punto de desolación, lo que había no estaba. Lo que había era una leyenda escrita sobre las rayas de su remera. Si era probable que yo jamás dejara de amarla, esa probabilidad descansaba sobre la ilusión de un relámpago. Me doy cuenta de que seguiré tratándola como cuando descubrí la cantidad exacta de lunares en su pecho, pero eso no significará nada. En el fin del sentido, una muerte no cambia nada.

Alice Munro me atiende con voz amable y logro una entrevista amena pero no extraordinaria. Me dice lo mismo que ya le había leído en otras entrevistas, a pesar de que me esforcé en generar otro tipo de preguntas. Hacia el final de la conversación le digo que a veces me siento un miserable personaje de sus cuentos. Eso la sorprende. Me pregunta por qué. Le digo que se trata de una cuestión estética. Creo que me las arreglo para que las cosas que me importan terminen siendo un buen cuento y no una buena vida. Además creo que construyo un destino, que controlo las fuerzas que marcan el rumbo de mi vida, que al fin y al cabo dentro de lo que puedo ser soy, ahora, algo mucho más aproximado a lo que quiero. Pero en realidad las poderosas, inevitables fuerzas del destino ponen un chancho perdido en medio de la ruta una madrugada de invierno. Alice hace silencio. Calculo que es su forma de pedirme que termine la llamada. Le cuento, por último, que fue por cuentos suyos que logré resolver problemas como los que tenía con mi padre. Ella sigue en silencio.

Marcos salió con Luciana: se gustaron, se acostaron. Cada uno de ellos me dice, por separado, que no volverán a verse.  Que está todo bien, pero para qué insistir. A Marcos, la aventura le ha dado un extraño convencimiento de que quiere vivir cerca de su hija. Nos juntamos a comer en el bar en el que trabaja Mariana. Le cuento los detalles del choque. La conversación esquiva a las mujeres como si fuera un diálogo entre dos aspirantes a monaguillo, hasta que Mariana trae la pizza y con un gesto desafiante me pregunta si vamos a salir o no.

Me río, me siento poderoso. Mariana y yo abrimos un juego urgente y disfrazamos el consuelo de la carne con las telas de una atracción fatal. De un rápido vistazo veo tres lunares en el escote de su uniforme.
-Claro que sí. Estoy loco por vos.
-No se nota.
-Estoy disimulando.

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Talleres | La Piedra | etc.

Junio 25, 2008

El presidente de la T es el mafioso nº1 de México. El DT es el hijo del mafioso nº1 de la Argentina. Si aun así descendemos,  quiere decir que en este país ya no se puede creer en las instituciones.

El prode del descenso:

Talleres 1 Racing 1, se salva la T.

Belgrano 0 Racing Mil. Con toda objetividad.

El fútbol me hace mal. No puedo pensar en otra cosa. En mi próxima vida seré hincha de equipos de mitad de tabla.

Hoy sale, hoy sale. LA PIEDRA EN EL ZAPATO nº38. Pedísela a tu kiosquero amigo.

Adelantos:

  • Luis Juez se disfraza de poroto de soja para ganar el voto del campo pero un ruralista lo confunde mal y lo convierte en juguito Ades.
  • Descubren a Roberto Chuit trabajando como enano de jardín en la casa de José Manuel De la Sota.
  • El dibujante de Pinchila’s jugará la próxima temporada en Atenas: “creen que por ser negro sé jugar al basquet”.
  • A Felipe Pigna se le cayó Internet y no puede terminar su último libro.
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Nada que ver

Junio 19, 2008

La historia de por qué soy hincha de Talleres es una historia común: mi papá me llevaba a la cancha, yo lo miraba sufrir y disfrutar, y cantar viejo y glorioso Talleres.

Una vez le pregunté quién era Nabarrá.
–¿Qué Nabarrá?
–El de la canción.
–¿Qué canción?
–Viejo y glorioso Talleres, de corazón sin igual, ¡Nabarrá te lo agradece, y te alienta hasta el final!

Mi papá se empezó a reír, no podía parar. Cuando logró contenerse me explicó que la canción decía “La barra te lo agradece”.

Hasta ese momento en mi imaginación un gordo grandote y gritón agradecía desde la hinchada, ¡gracias, talleres, gracias!

Unos años después, en el 86, me hice hincha de Racing de Avellaneda por una tapa del Gráfico en la que salía el Toty Iglesias. Desde entonces tengo dos camisetas de fútbol en mi placard.

Con Racing celebré la Supercopa del 88 y el Campeonato del Paso a paso.

Con Talleres celebré el 5 a 0 a Belgrano, el ascenso, la Conmebol, y el clásico con la cancha llena de hinchas celestes.

Y punto.

El resto ha sido pasarla mal, sufrir, llorar. No sé por qué lo hago, pero escucho los partidos, o los veo por la tele y me convierto en un ser despreciable, de mal humor, cabizbajo y pesimista. Toda mi fe en la humanidad se transforma en una bola de odio.

Este año es el peor para ser hincha de los dos equipos de los que soy hincha. Talleres juega la promoción para no descender de la B, contra un equipo que se llama igual que el otro que me gusta. Y Racing tal vez termine jugando la promoción para no descender a la B, contra Belgrano. Fuck.

Todo esto para decir algo que nada que ver: hay un mail en cadena que me pareció genial, se llama “suponete”. Lo transcribo abajo. Lo reenvié. Después siguió llegando, y llegaron mails que le respondían. Se puso bueno. Transcribo también una de las respuestas.

Personalmente, soy hincha de talleres, soy hincha de racing, y adhiero completamente al primero de los mails y a lo que dijo Cristina Fernández sobre los caminos institucionales: los modelos de país deberían construirse formando un partido político y ganando las elecciones. Con los medios a su favor, con la clase alta a su favor y con la clase media a su favor, el reclamo del campo y el modo que ha dispuesto para reclamarlo me parece autoritario y antidemocrático. Los que se quejan de que el país está dividido no quieren solucionar la división –eso no se soluciona–, quieren simplemente tener más poder de decisión que la otra parte.

Por dios, pase lo que pase, que no descienda Talleres. Este país ya es demasiado insoportable.

ACTUALIZACIÓN: lectora prudente y veloz aporta datos sobre “Suponéte”, parece que viene de acá.

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María / Parte 7

Junio 15, 2008

Descuidado y negligente, subí las escaleras hacia la oficina sin pensar en Marie más que como un medio para que Alice Munro me tomara en serio, algo como decirle a la escritora que la estaba buscando de acuerdo a una recomendación de la embajada canadiense. Pensé que esas cosas podrían hacer más amable una conversación bilingüe y viciada por mi extrema simpatía hacia su obra.

Sin embargo al final de la escalera no encontré un teléfono sino la espalda perfecta de María. No era el momento ideal para ese encuentro. No después de verla en la foto del diario. No después de estar dos días adentro de una mujer que quise que fuera una aproximación a ella. Se me ocurrió que podría evitar mirarla pero también supe que no podría hacer ninguna otra cosa. Cuando se dio vuelta la progresión en la que su rostro apareció ante mis ojos muy abiertos fue la historia mínima de una revelación: la belleza de María podía nacer de su imposibilidad y del hecho inexorable de que va a casarse con una mujer, pero también era cierto que esa belleza superaba la circunstancia, la débil articulación que ese rostro podía tener con la actualidad de mi biografía.

–Sos muy linda.
–¿Qué fue esa llamada? ¿Estás bien?
–Sos muy linda, te cases o no, te hamaques conmigo o no.
–Gracias. Me voy a casar. ¿Me viste en el diario?

Durante la jornada laboral me ocupo de que una de mis amigas salga a cenar con Marcos. Pago el favor de su cochera con una mujer amable, divertida, soltera y de culo increíble. Marcos me había preguntado por qué, si Luciana era tan impresionante –él uso esa palabra, yo primero la discutí, luego la acepté– yo mismo no había salido con ella. Le respondí que la razón principal era un afecto a prueba de sexo. No se trata de que no nos acostamos para no arruinar una amistad: no nos hace falta acostarnos, y acostarnos no cambiaría nada, nada. A veces puedo dejar pasar el sexo si sé que no cambia nada, nada. Marcos me dice que estoy cada día más pelotudo y tiene razón. Después me recuerda que dentro de dos días tengo que ver a Mariana, la moza del bar.

Llamo un par de veces al número canadiense que apareció en mi celular pero nadie atiende. El tono del teléfono es la música de un desencuentro.

María me trae una carpeta de papeles inútiles: la usa como excusa para acercarse a mi escritorio y pedirme que por favor no vuelva a llamarla a esas horas de la madrugada. Me dice que la pongo en una situación difícil. Acepto, me disculpo y le prometo no volver a poner evidencia que estoy loco por ella. Voy a disimular por años. Ella sonríe y se va. Le miro la espalda, la cola, las piernas. Se da vuelta repentinamente y me sorprende, por enésima vez, con los ojos puestos en ella, desesperadamente buscando habitación en el edificio de su espalda. Pienso que va a retarme con un gesto, pero vuelve a sonreír y hace que me tiemblen las rodillas, que un escalofrío ridículo y levemente incómodo me haga sentir que estoy hecho de una materia blanda, esponjosa y frágil, lo contrario de un árbol petrificado.

¿Apuesto a enamorarme de Mariana y que eso de alguna manera resuelva el inconveniente María, el impedimento que tiene las letras del nombre de María en todo lo que entorpece la sucesión del día? Hay en la mezquindad ridícula de ese pensamiento caprichoso una utopía singular que no deja de movilizarme. Es una versión grotesca del clavo que saca a otro clavo, un recurso de ahogado. La posibilidad de que Mariana sea igual o mejor que María es una payasada, pero ahora dependo de esa ridiculez, como si toda la arquitectura que había construido alrededor de la legitimidad de un amor que no dependiese de la posibilidad se estuviera desmoronando. De las ruinas de un momento de debilidad sale entonces un hilito de voz.

No he vuelto a casa, mi ropa es la misma que tiré en la silla al lado de la cama de Marie, pero incluso así cometo el error de privilegiar mi urgencia emocional.
–Pensaba en adelantar la cita… dos días más y me muero.
–No puedo. Trabajo en el bar hasta tarde.
–Te espero hasta la hora que sea.
–Tenés la voz de un payaso. Esperá dos días, buscame el sábado.

No quiero esperar, pero Mariana tiene razón. Marcos también. Y María. Todos tienen razón y yo soy un error manejando a 120 kilómetros por hora. La ruta a mi casa está en arreglo. Primero me llevo por delante un cartel de precaución y después un cerdo descomunal. Después del impacto piso el freno, alcanzo a poner también el freno de mano, el auto da una vuelta sobre un eje que me atraviesa hasta el piso, y queda de frente a las luces lejanas de Córdoba, de espalda a los pueblos que me faltaban recorrer hasta mi casa.  El chancho quedó tirado al borde del asfalto. Con las luces altas alcanzo a ver que su monstruoso cuerpo ensangrentado aún se mueve de acuerdo al ritmo de una respiración dificultosa.

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Dame la c, te doy la c

Junio 15, 2008

 

El número anterior salió demorado y éste parece todo lo contrario. Pero estamos a tiempo, como si no fuera posible salirse de un plan que nadie hizo.

Si algún día me preguntan cómo se hace para hacer una revista en córdoba responderé: sin confiar en la Municipalidad.

Si algún día me preguntan cómo se mantiene un proyecto tan caro como Diccionario, responderé: sin confiar en la Municipalidad.

Si algún día me preguntan por qué hacemos Diccionario, mostraré una foto que sacó C., en la que J. se está riendo cerca de mi cara.

Si el martes van al España Córdoba prometo que la van a pasar bien: la chica bellísima Sol Pereyra tocará la trompeta con Adrián Verra y David Londero. Después, la bellísima C. oficiará de presentadora oficial. Después, el lindo Ricardo Cabral leerá unos poemas que publica en Diccionario -digan lo que digan, siempre habremos hecho una revista en la que se publicó el primer poema de la Y de Cabral, y eso es siempre un buen motivo para hacer una revista–. Y después veremos unos videos muy delirantes del colectivo artístico Zatori Films, resultado de un delirio genial de Remo Bianchedi.

Es a las 19.30, en el Centro Cultural España Córdoba (Entre Ríos 40).

Todos estos estamos en el cuarto Diccionario: Hugo Aveta, Hernán Tejerina,  Remo Bianchedi,  Matín Cristal,  Álvaro Figueroa, Emanuel Rodríguez,  Gerardo Repetto,  Mariana Robles, Kika Producciones, Leo Fagiano, Manuel Pascual, Patricia Ávila, Luis Rodeiro, Carlos Schilling, Agustina Pesci, Claudio Asaad, Diego Cortés, Juan Longhini, Demian Orosz, Sol Pereyra, Marcelo Sánchez, Natalia Lorio, Mateo Argüello Pitt, Hernán,  Miguel De Lorenzi, Roger Koza, Ricardo Cabral y Jorge Cuello.

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Miren qué linda la tapa:

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María / Parte 6

Junio 11, 2008

Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4 - Parte 5

Leí algunos cuentos en inglés, sobre la cama de Marie. Yo le llevaba el libro de cuentos en español: comentamos, desnudos y gloriosos, los extraordinarios giros que Alice Munro escribe sin ninguna marca extraordinaria. Marie tenía el único aroma de un shampoo: no usaba ninguna otra loción en el cuerpo, y su sudor era inodoro e insípido, gotas de agua que hacían leve el cuerpo del que nacían, como si Marie estuviera hecha de alguna materia parecida a la de las nubes de tormenta. No separamos nuestros cuerpos hasta que le pedí, 32 horas después, que me preste la computadora para escribir cien veces el nombre de María.

Marcos me llamó para saber cómo me había ido. Le conté los detalles que podrían interesarle: Marie tiene conocimientos de sexo oral que me han sorprendido por sus posibilidades, y es dueña de un culo formidable, generoso, caliente. Y habla en francés.
–Sin embargo estoy escribiendo cien veces el nombre de María.
–Eso es porque sos un pelotudo.

Entonces me convierto en un árbol petrificado. Miro a Marie caminar desnuda por su casa, me detengo en los pocos detalles imperfectos de su cuerpo. Su preocupación por mí se ha traducido, además de la serie imposible de gestos amables en la cama, en una compilación de objetos comprados: un libro imposible, pan lactal, fiambres, queso untable y una botella de Beefeater. Me ha estudiado: logró resumirme en una naturaleza muerta que espera en la mesa que dejemos de coger. Soy un árbol petrificado y Marie se posa en algunas de mis ramas más frágiles. No podría sostenerla más allá de este fin de semana.

Marcos me dejó guardar el auto en su cochera. Cuando vuelvo a Córdoba, hago tiempo en un bar para no despertarlo a la madrugada. En el bar leo las noticias y me detengo, por casualidad, en la triste página de fotos sociales. Hay una foto de María en la inauguración de una tienda de objetos tecnológicos. La abrazan sus amigos y su novia, pero en el pie de foto no se asignan roles, sólo hay nombres, y ningún otro comienza con M. En la foto se ven dos de los lunares que María tiene en el pecho. La mano de la novia tapa el tercero. Tienen cara de haber bebido apenas más allá del punto exacto que divide la elegancia de la exuberancia. Mi ropa aún huele al shampoo de una mujer que se llama parecido a todas las mujeres que ahora son María bajo el brazo de una novia ebria y feliz.

Quiero rehacer la lógica de esta sensación: la foto no me entristece ni me provoca nada de aquello para lo que una educación sentimental forjada en historias simples y trágicas me ha preparado. Entonces soy lo contrario de un árbol petrificado, tomo el teléfono celular y llamo a María, la despierto, despierto a su novia, tras su voz áspera se oyen los ruidos desgraciados del departamento.

–¿Qué pasa?
–Estoy a dos cuadras de tu casa, frente a una plaza con hamacas. 
–Son las siete de la mañana… ¿qué te pasa?
–No sé. La mayor parte de mi vida transcurre tal como me gustaría escribirla, y no como me gustaría vivirla. Me gustaría escribir que te invité a hamacarnos una mañana antes de que te cases.
–Me caso el mes que viene.
–Bueno. Pruebo otro día, entonces.

Probablemente haya sido la conversación más estúpida que tuve. Pero me convenzo de que eso ya no importa. Voy a buscar el auto, saludo a Marcos y manejo a la oficina. Me gustaría escribir que acelero, que logro desdibujar los contornos del resto de los autos, que en el fragor de la carrera las huellas de las ruedas quieren dibujar la espalda de María pero dibujan la de Marie. Una canción de PJ Harvey que se llama This mess we’re in me hace llorar y freno. Una superposición de planos se resuelve en el horizonte interrumpido de la avenida Colón. Edificios habitados por mujeres que se llaman María se desploman y se incendian y se vuelven a levantar. El deseo y el amor son ahora por fin una forma de silencio, pero al mismo tiempo la música está tan fuerte que no escucho el teléfono celular. Cuando llego al trabajo veo en la pantalla que el aparato ha registrado seis llamadas perdidas. Cinco son de Marie. La otra es un número canadiense.

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Invitation a perder el tiempo

Junio 10, 2008

El jueves a partir de las 22, leo unos cuentos en LA OCHAVA, el bar que está al frente del Paseo de las Artes (Achával Rodríguez y La Cañada). Además habrá un dúo de guitarra y bajo: vermú.  

Se come bien, se toma mejor.

El evento se llama “Velada cuasi-literaria”. Al nombre no se lo puse yo: invitan a un escritor por mes. Por supuesto, me ha faltado la honestidad necesaria para decir “no, gracias, yo no soy escritor”, o me han traicionado mis deseos. Me pasa lo mismo con cada cosa que me gusta: o no soy honesto, o me dejo llevar por mis deseos. Es una forma de boludez que por lo menos me hace feliz.

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María / Parte 5

Junio 9, 2008

Parte 1 - Parte 2 - Parte 3 - Parte 4

Marie me estaba esperando en la plataforma. Algunas conversaciones telefónicas nos habían ahorrado el trámite hostil de conocernos y evaluarnos. Bajé, nos dijimos hola y nos besamos como si yo fuera el novio soldado que vuelve de la guerra. No sé qué habrá pasado por la cabeza de Marie: me gustaría saberlo para escribir mejor sobre ella, sus emociones y la preparación que derivó en uno de los mejores besos que yo recuerde: un sabor híbrido entre el dentífrico, el cigarrillo, un chicle de frutas y un lápiz de manteca cacao.
Habíamos pasado la noche conversando por sms: en las partes de la ruta en las que mi teléfono celular se quedaba sin señal, un nerviosismo adolescente y paranoico se apoderaba de mi mano. Cerca de Rosario toda mi dispersión de mujeres se enfocó en Marie y sus promesas de besarme apenas baje del colectivo, de no darme tiempo a dudar ni escapar. Un colectivo me estaba llevando a 120 kilómetros por hora hasta su boca.

Mi papá me había alentado a que apostara por Marie. Para él, ni María ni Mariana podían ser más fuertes que la atracción por lo desconocido y el acento francés de la secretaria de la embajada canadiense.

–María está por casarse.
–Ya sé. Igual no se me pasa. Me enamoré de ella, no de sus posibilidades de estar conmigo. Es como lo que me pasa con vos: te quiero a vos, y no a tus posibilidades de mejorar mi vida…

No puedo decir que pocas veces he visto llorar a mi padre: con la historia de discusiones domésticas que tenemos, ya no puedo contar las veces que lo vi reducido a un hilito de lágrimas, un dique de tela de araña sosteniendo un océano de odio. El día de nuestro último encuentro lloró apenas, se contuvo, se sonó la nariz y me pidió que lo acompañara a hacer un trámite.

Marie fumaba en la plataforma. La reconocí inmediatamente, como si su voz me hubiera dado las coordenadas precisas de su rostro. Me entusiasmé, sentí una leve taquicardia, escupí el chicle y bajé. Antes de pisar el suelo sucio de la Terminal se me ocurrió que a Marie podría no gustarle nada de mí, y mis primeros pasos hacia ella fueron los de quien se asoma al hueco de un ascensor. Marie sacó el cigarrillo de su boca con un gesto elegante y acaso sobreactuado, me tomó de la nuca, me dijo hola, y me besó poderosamente, primero con los labios, después con la lengua, después intercalando dientes, labios y lengua. Me mordía, me apretaba contra su rostro, y con la otra mano acercaba mi cintura a la suya. Dejé caer la mochila y la abracé. Por un instante pasé mi mano por su cola pero la madrugada porteña me dio pudor y la quité, me preocupé por su espalda y por descifrar la textura de su pelo.

El trámite de mi padre era en Ciudad Universitaria, un lugar al que él no iba desde los ’80 y yo tampoco desde los ’90. Los edificios nuevos y la cantidad de oficinas nos provocaron la misma confusión a ambos: por unos minutos cada frase que comenzábamos era precedida por el circunstancial de tiempo “cuando yo estudiaba acá”. Un empleado nos trató amablemente y nos indicó el edificio correcto. Caminamos por el pasto como dos amigos, pero también como padre e hijo. Lo abracé por el hombro y le dije que me preocupaba tener ya la edad que él tenía cuando ya era mi papá y me llevaba al jardín de infantes a cococho. Le dije, también, que toda mi vida había sido una expectativa discontinua de signos que lo definieran como el mejor papá del mundo y que ahora, por algo que no podía terminar de explicar ni de entender, mi vida era un continuo no esperar nada, y que así estaba mejor. Esperar es un suplicio.

Marie tampoco quería esperar: de retiro a su casa en un 132, y de su casa a su cuerpo, a la versión posible de un sueño porno o de una película de débil argumento. Nos habíamos evitado la espera, estábamos desnudos, excitados, pura piel y novedad, la aventura final de una histeria bilingüe. Marie y su acento francés, Marie y su perfume de la nacionalidad de las aves migratorias. Marie y la sensación de que ninguno de los dos podría creer que aquello podría ser ni para siempre ni para un mes. Un fin de semana enamorado de un rayo de luz que pasa por María y se refracta en los colores de la bandera canadiense. Un rayo de luz que pasa por Marina, por Mariel, por Mara, por Mariela, y se refracta en el color pálido de la piel de Marie. Un fin de semana enamorado de una mujer que tiene un libro de Alice Munro en su biblioteca, The love of a good woman.

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A pedido de nuestros oyentes…

Junio 4, 2008

De lo que se puede contar diremos que a las 20 ya había gente alrededor de la mesa de comidas, que la música de Leites Vermelhas & Jopi fue in-cre-í-ble, que cada uno de los tracks solicitados por los lectores del blog sonó entre gente demasiado feliz, que 55 personas viajaron 48 kilómetros de frío para darse calor mutuamente, que les prometí a Seba & Michela que el gin tonic arrasaría pero sólo sirvieron cuatro, a mí, que fue la primera fiesta de la que yo tenga noticia con abrumadora, abrumadora mayoría de mujeres, además hermosas, además bailando, además en llamas, que Song 2 de Blur sonó dos veces consecutivas en el momento más feliz de la fiesta, que nos tocamos mutuamente el culo como es debido, que el vino caliente con canela y clavo de olor y manzana se terminó, que una flaca altísima me ganó un partido de pool, que Kike et moi limpiamos a cuatro en el metegol como si hubiéramos sido compañeros de equipo toda la vida, que la María del Kike se bailó todo, todo, que la mitad de los que fueron eran absolutos desconocidos, que nos agrupamos alrededor del hogar y hacía calor, mucho calor, que la chica de los breteles en el ojo bizarro fue, fue, que bailé con mis errores y los dejé sobre la espalda de un amor de novela, que me fui antes de que todo terminara, mucho antes, que no sé armar de parado, y que esto es un 10 por ciento de lo que pasó.
El resto queda ahí, bailando hasta que se apague el hogar.

¿Repetimos?

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Qué felicidad

Junio 1, 2008

Tremenda fiesta.

Gracias a todos, mil veces gracias. Tremenda fiesta.

No habrá crónicas, por ahora: lo que pasa en Pinchilon Fest, queda en Pinchilon Fest.

De mi parte, felicidad, felicidad, un camión de felicidad.