h1

Olmedo, vulgaridad y genialidad.

Marzo 5, 2008

En La Voz de hoy, con una foto en la que parezco picado por avispas en cuyo aguijón hay un veneno que provoca cara de boludo.

Una cuestión de estilo: no es suficiente con hacer reír, hay que crear un estilo. Destrozarlo todo y crear un modo propio, algo que haga que a uno lo recuerden para siempre. Eso hizo Alberto Olmedo desde que se paró por primera vez ante una cámara de televisión en 1956, como parte de La troupe de TV. Cuatro años más tarde reinventó la manera de comunicarse con los chicos: hondera al pecho, construyó un antihéroe tierno y pícaro que trataba a su público infantil como al cómplice de una broma pesada y ya no como al nene tonto que necesita que le hablen despacito y exagerando las vocales. El Capitán Piluso hacía chistes para grandes, miraba al costado de las cámaras y hacía saber a los demás que nada dejaba de ser una burla.
A partir de 1964 le agregó a su fórmula el sustento popular de la vulgaridad: desde Operación Ja já en adelante llevó adelante un estilo incorrectísimo que corrió los límites de lo que era posible decir y hacer en televisión. Ciertamente los corrió hacia un terreno chabacano y misógino, con un erotismo masculino que excluía la posibilidad de que la mujer escape de dos casilleros: objeto sexual u objeto molesto.
En 1973 la epidemia Olmedo se apoderó del cine: con Los caballeros de la cama redonda comenzó una era dorada del cine clase B argentino, con guiones disparatados y bizarros que descansaban en la capacidad histriónica y la simpatía que despertaba el Negro en cada uno de sus gestos. Sus más de 50 películas se han transformado en clásicos del humor, a pesar de que los guiones de esos filmes (casi todos a cargo de alguno de los hermanos Hugo y Gerardo Sofovich) hacen gala de un humorismo limitado al chiste fácil y al típico enredo con consecuencias eróticas.
En la década de 1980 fue el rey: con No toca botón consagró el “chivo” como forma de hacer reír y fue pionero en lo que más tarde se llamaría PNT (Publicidad no tradicional). Con una estética construida sobre la base de la picardía, la “avivada”, la fanfarronería de ese estereotipo porteño de la argentinidad, pero también sobre la ternura que pueden despertar los perdedores hermosos, fue el más genial de los tipos que nos convencieron de que las cosas estaban mal pero al menos teníamos la risa.
Los hombres suelen hablar de códigos y los amigos de Olmedo aseguran a voz en cuello que él los respetaba. Acaso su popularidad bebía de ambas aguas: por un lado la ruptura de todos los códigos establecidos en la televisión, y por otro el respeto a rajatabla de las leyes de la amistad.
El 5 de marzo de 1988 saltó o se cayó de un balcón, en Mar del Plata. El misterio en torno de su muerte es tan fuerte como su legado. Olmedo dejó las huellas de un estilo que desprecia los convencionalismos, dejó un ejemplo de humorismo popular y dejó también la impronta de un buen tipo. Con eso es suficiente para que te recuerden para siempre.

One comment

  1. A pesar de que no me gusta el humor fácil y repetitivo, algo hay en el Negro que me encariñó de niño. No sé qué sea. Tal vez el hecho de ser rosarino, como yo.
    No sé qué será.


Deja un comentario