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4 Pichones

diciembre 28, 2006

Los huevos que Miguel y su hembra cuidaban en el nido que hicieron en la ventanita de mi pieza se rompieron en Navidad. Miguel, me consta, no tuvo intención de que todo fuera un cliché: tres pichoncitos piando como si cantaran villancicos. Yo me hice el gil, Miguel lo agradeció, y recién los saludé el 27. Onda: “buenas… ¿qué tal el paisaje?”. Los tres pichoncitos me miraron con sus ojos gigantes y desencajados: feos bichos indefensos. No me animé a tocarlos porque estaban todavía húmedos. Pían todo el día, toda la noche. Hacen una música tranquilizadora y hoy a la mañana terminé de leer una novela que comenté brevemente por la tarde. También leí una novela aburridísima sobre un gay al que el novio lo deja. Tengo que entrevistar a su autor y hoy al mediodía subí y les pregunté a los pichoncitos si debía o no debía preguntarle al tipo si acaso la única particularidad de la novela es que la historia de amor –pedorra, por cierto- es entre hombres. También les dije que la otra novela me había cambiado la vida. Me miraron para que no sea tan hiperbólico. Les conté también que M me está enseñando algo intraducible, tal vez piable. “¿Les pío lo que M me está enseñando?” les pregunté.

No alcancé a oir la respuesta porque un vecino me estaba golpeando la puerta para preguntarme si era necesario que les gritara tan fuerte a los pichoncitos. No entiende nada, el vecino de la esquina. La mujer de Miguel suele volar hasta el patio de su casa y robarse el dogui de los perros: se trae las pelotitas marrones, las tritura y se las da a los pichones. Yo veo todo a través del vidrio esmerilado. Los piquitos abiertos y las cabezas redondísimas y los cogotes finos como hilos. ¿Qué hacen cuando Miguel y su chica se van por horas? Pían.

Tengo un plan: enseñarles a decir M… Y entonces un día hacerlos cantar al lado de mi cama el nombre de todas las calles de esta ciudad, el nombre de todas las mañanas en Agua de Oro. Hoy empecé. No sé si a Miguel le copa mucho mi plan. Todavía no se lo confesé. Y cada vez que lo veo llegar me hago el boludo y miro para otro lado.

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3 comentarios

  1. Cuando llegua el otoño, las veredas de las esquinas de mi barrio estan regadas (no es exageración)de pichones de gorrión reventados contra las baldosas. Rosaditos y de ojos cerrados, esos bebés extraterrestres apenas aplastados en el rayo del sol me inquietaron desde que era chico. A los 14 años subí a uno de los postes de energía eléctrica de la esquina (qué es donde construyen los nidos) y bajé un huveo de los 4 que había. Crié al pichón por una semana y lo devolví al nido cuando la madre no estaba. Al otro día lo encontré reventado contra el piso, junto a dos de sus hermanos. La madre y el “elegido” piaban desde la cumbre, mirándonos.


  2. ¿y l’emanuel? ¿ya te estás acostumbrando a Aguas de Oro? A mí me parece que está muy bueno.
    Que empiecen el 2007 de puta madre.


  3. Todavia no puedo abrir las ventanas de mi dpto, y a veces ni las cortinas…. en las dos, tengo niditos, no son de gorriones, sino de paloma, cuando apenas intento abrirlas, la parejita sale volando… para no sentirme responsable de los huevitos huerfanos, las dejo cerradas, hasta que salgan y aprendan a volar.
    Verlos despegar, calculo que será emocionante… una especie de demo sentimental, para cuando tenga los mios… no?

    Gracias a la tecnologia!el aire acondicionado todavía que me permite ser solidaria.



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