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Vidal | Libertella | Wallace | Pamuk

enero 8, 2007

Señales
Por Emanuel Rodríguez
De Nuestra Redacción

Contra la pared.
¿Cuántas oraciones subordinadas puede soportar un instante de introspección? Como caminando a pasos cortos, armónicos y frenéticos, o mejor aun, como orinando a chorritos regulares, dos o tres, de Raúl Vidal, se lee entrecortada y placentera y –a la vez– perturbadoramente. Acaso el mejor de los cuentos de Pagué y salí (Alción), las 10 extensas frases que componen la descripción minuciosa de un monólogo auto reflexivo y contemporáneo de una larga micción urinaria comportan un experimento lúdico. La voz narrativa fuerza la oración hacia el límite peligroso de la desintegración: el ritmo del relato replica las intermitencias del orín de un hombre por cuyo pene drena la soledad del mundo. En un delta, la creciente: las frases se expanden, se bifurcan, y rodean a un concepto –el estar solo–. Pero no lo sentencian a una definición que clausure el relato; lo someten, en cambio, a un movimiento regular de aproximación y distancia. La literatura es una actitud; y en este cuento de angustia es un hombre orinando en una noche yerma, un dolor cifrado en un líquido de color amarillo cetrino.

Encantadoras confesiones de un hombre libre.

Para acápite de libro póstumo y autobiográfico de escritor recientemente fallecido, la frase que introduce a La arquitectura del fantasma, de Héctor Libertella, puede hacer que al lector sensible le tiemblen las manos según la ingeniería del escalofrío: “Pensá en la muerte como un acontecimiento retrospectivo. Esa manera de irle pidiendo cosas al futuro para devolvérselas, al final, intactas. Como si uno no hubiera vivido”. En uno de los relatos de este libro confesional y extremo, el escritor se ve a sí mismo encuadernado, “adentro las páginas como pulmones de seda”, y ubicado en un nicho vacío de su propia biblioteca, en un estante que es “el instante eterno del horror vacui”. Luego describe la celeridad con la que cursó sus estudios primarios, secundarios y universitarios, como una liebre. Pero no la explica, ni la interpreta, sólo aclara que la palabra currículum quiere decir, en su acepción etimológica, “carrera de carros en el Circo Romano”. Personaje de su propia –e increíble y libre– literatura, Libertella se deja escribir sus verdades como si fueran mentiras y cierra un libro –éste, que de muchas maneras es también su vida– que no querríamos nunca dejar de leer.

No se conseguía por ningún lado .

Un hombre echa a perder todos sus intentos de relacionarse con una mujer porque cada vez que tiene un orgasmo grita, en la cúspide del placer, “¡Victoria para las fuerzas de la libertad democrática!”. Así comienza Entrevistas breves con hombres repulsivos, un extraordinario cuento del extraordinario libro homónimo de David Foster Wallace, que fue editado en español hace un lustro pero que era difícil de conseguir en la Argentina salvo mediación de pariente exiliado. Ahora descansa en una librería de la peatonal, al lado de un bar. Una joya capaz de hacer que gritemos, en la cúspide del placer, “¡Victoria para el que importó los libros de David Foster Wallace!”.

La ciudad de una vida.

Como no hay versión más certera de una ciudad que la imagen que dibuja la memoria de una infancia entre sus calles, no hay –y si la hay, a la hora de buscar la belleza ya no nos importa– Estambul más certera que la de Orhan Pamuk. Estambul, el libro, es un vuelo emotivo de águila sobre una ciudad que es un signo de pregunta ensangrentado. Y es un repliegue emotivo, melancólico, sobre el nido de esa águila. Pobreza, derrota y hundimiento, en contraste con las ruinas de un pasado épico. Con los nombres de esas calles está escrita la obra entera del último premio Nobel. Por cierto, ¿fue justo ese premio? Ya no nos importa: trajo un montón de libros increíbles.

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One comment

  1. Leí la columna, muy lindas las reseñas, me dieron ganas de leerlos a todos.
    Debería leerlos a todos.



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