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Tricolore

enero 31, 2007

  

Ayer me escribió mi hermano. Abrazos, actualizaciones sobre su vida (es preceptor en un colegio secundario tiene un almacén se compró un auto) y un pedido: que hablara con mi abuelo.
Mi abuelo vive a 40 kilómetros de mi casa y a 510 de la casa de mi hermano. Pero me entero de que quiere hablar conmigo porque su voz hace una parábola de 1060 kilómetros hasta Agua de Oro.
Cada vez que pienso en él recuerdo que me iba a buscar al jardín de infantes, al Manuel Lucero, en Alta Córdoba. Me decía cabezón, y yo le refutaba la teoría caprichosamente. Mi abuela y mi tía me decían negro, negro consentido. Yo les decía que no era negro, que miraran bien, que mi piel era más bien marrón. Marrón oscuro, casi negro, pero marrón.  
Salir de la sala fucsia y ver su cabellera canosa espejando el sol era una sensación de alivio: a diario me asaltaba el miedo de que no me fueran a buscar, de que me abandonaran y yo no supiera cómo cruzar la Fragueiro.
Mi abuelo me decía que yo era exageradamente cabezón. Junto a mis tíos, tenían un repertorio de apodos para ilustrar el tamaño de mi cabeza. Sólo recuerdo ahora el de desayuno en el campo, puro mate, porque en un primer momento no lo entendí.
Volvíamos del Manuel Lucero ya por Sarachaga, frente a la plaza, y sea lo que sea aquello en lo que iba pensando, lo cierto es que no me permitió ver que a medida que mis pasos me aproximaban a la casa de mis abuelos también iba quedando cada vez más cerca, e interrumpiendo la línea recta que mi caminata iba trazando, un poste de cemento. Enorme, durísimo, y con cables arriba.
Imagino que mi abuelo previó la colisión y no dijo nada. Recuerdo un golpe seco, con la frente, y la sensación de que todo temblaba. Recuerdo que me tomé la cabeza con las manos, dejé caer la bolsita del jardín y dije claramente “uh, me golpié”.
Recuerdo también que mi abuelo no podía contener la risa y me señalaba una marca que aparentemente habría dejado, indeleble, mi frente sobre el poste.
La probable preexistencia de la marca, una grieta en el cemento a un metro del piso, no fue tenida en cuenta ni por mi abuelo ni por ningún otro integrante de la familia incluso cuatro generaciones después (mi sobrina, por ejemplo, dice que ese poste es “el poste del ema”). No hay almuerzo en el que la anécdota de la grieta en el poste (que para mí ya estaba… porque, vamos, no soy tan cabezón) no salga a colación si alguien dice mi nombre.
La otra historia que siempre cuenta mi abuelo no tiene nada que ver con las dimensiones de mi cráneo. Es sobre un amigo de su juventud, un gringo italiano bastante mayor que él que había puesto plata para que inaugurar una plaza en Santa Eufemia, al sur de Córdoba.
Mi abuelo cuenta que el gringo estaba diciendo el discurso entre dos mástiles. Sobre el cenit de uno, flameaba la bandera argentina. Sobre el otro, la bandera italiana. Dice mi abuelo que al gringo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando veía los colores italianos, y que en un momento del discurso hizo mención a las dos banderas. Dijo que la jornada era gloriosa, y que qué mejor marco para la celebración que hablar entre dos banderas tan queridas… “de queste lado, la tricolore… rosso, branco e verde…” y al gringo le brillaban los ojos, le temblaba la garganta. “E de queste otro lado, la otra tricolore…” y el gringo señala la bandera argentina. “Cheleste, branco… e ¡Cristo! ¡Otra vé cheleste!”.
Escuché esta historia tantas veces que olvidé el nombre del gringo. Marco el teléfono de mi abuelo, a ver qué quiere. Me propongo preguntarle el nombre del tano, pero después me olvido. Atiende mi abuela, parsimoniosamente, y grita, para que mi abuelo tome el tubo. “Francisco… te llama Emanuel”.
Siento los pasos, las chancletas contra el piso a un ritmo que me sé de memoria y que me da sueño. Mi abuelo agarra el teléfono y dice. “Hola cabezón”.

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9 comentarios

  1. A mí, de chico, me decían “cabeza de Pinchila” Todavía no sé por qué.


  2. Ojalá tuviera un abuelo Tano. La siento muy fuerte a la sangre, y me tira un montón. Pero mi bisabuela que era tana murió hace rato, nada sé de esa rama de la familia.

    También me gustaría conocer a mi rama gallega. Son pura joda los wachos.

    En fin, me quedo con lo nacional nomá.

    Excelente post, Emanuel!


  3. Como me hubiera gustado poder charlar con mi abuelo. Tano anarquista, ateo y cabrón. Nunca lo conocí, pero lo quiero como la puta madre.


  4. Si seguís evocando, te vas a recibir de Salzano.


  5. Me hizo recordar a mis abuelos.
    También me acuerdo de memoria el ritmo de los pasos de mis abuelos; eran mágicos porque esos pasos anunciaban un abrazo, una galletita (“tita” o “rodhesia” por ejemplo) o la mano extendida para llevarme a la plaza de la esquina que era toda mía.


  6. Lo loco de haber leido la nota es haber descubierto que quizas fuimos compañeros en el jardin. también era moñito fucsia, y me encantaba tirar a la tortuga por el tobogán. Tenemos la misma edad, con lo que seria muy probable.
    Tambien me gusto el cuento de KIke Bogni.


  7. buenísimo! ¡la tortuga por el tobogán! yo fui al manuel lucero en 1984.


  8. Es estigmatizante el tema de los apodos, pero claramente hay apodos peores. Me hiciste acordar al cabeza de taza, un alcanza pelotas que perdió una oreja. Ese es cruel.


  9. la primera de toda la familia K fue la nenita teribel, a la que ataban a la sillita de comer con dos cinturones para que no se tirara de cabeza al piso, la que daba vueltas alrededor del corralito diciendo “cata cata cata cata”, la que metía los relojes de su madre en el lavaropa y rompía la nariz de sus compañeros a manualazos…
    mi abuelo me sigue diciendo chousi, no sé porque…
    (y en 1984 estaba naciendo :P)



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