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Domingo

junio 4, 2007

La tierra que levantó el auto de C. todavía no se asentó en la calle, y detrás de las copas de los árboles se ve Marte, rojo, arriba de Venus. En un auto azul se van tres lindas maneras de cambiar el mundo. Tomamos mate, comimos canelones, tomamos vino. Hicimos té. Comimos el postre que hizo C. y un lemon pie que compré como suplente de una tarta de ricota. Vimos Lost, la tercera temporada. Nos tapamos con una manta. Mantuve el fuego del hogar con leños grandes de manera de tener una buena excusa para explicar que a la noche la cabaña estaría tan cálida. Si les decía que las verdaderas responsables eran ellas, sus conversaciones sobre planetas, lo que dicen de sus chicos, las veces que me dicen Manu, iban a poner cara de dejá de decir pavadas, Manu.
Antes nunca me gustó que me dijeran Manu. Pero a ellas no se los discuto, como no se discute una buena música, una canción de Radiohead.
Desde la terraza de casa da la impresión de que alguien pintó un cielo acorde a la piel de mis visitas. El pueblo, la sierra, hacen recordar algo que la ciudad hace olvidar, algo que tiene que ver con el tamaño y la belleza de las cosas. Estábamos los cuatro en silencio, descansando de Lost. Un minuto. Dos minutos. J. se sentó en una de las sillas. C. Fumaba y C. buscaba Marte arriba de Venus. Ahí supe que en el momento de mi muerte, cuando desfilen ante mis ojos los momentos pulenta que estaré dejando atrás, ese silencio de tres minutos me va a dejar vivir un rato más. Supe que las estoy usando, a las tres, como una trampa para aferrarme a la vida.
Volvimos a entrar. Alto vino, dijo una de ellas, o las tres. De vez en cuando brindábamos, siempre por motivos irrelevantes, salvo la vez que lo hicimos en silencio.
Vimos lost hasta la medianoche. Después tomamos fernet bajo la tenue luz de unas lámparas de kerosene.
Un auto azul dice que se las llevó, que me dejaron unas gaseosas que nunca tomamos, unas etiquetas vacías de cigarrillos, un poco de la salsa de hongos que preparó J., tres canelones caseros y una bolsita de caramelos masticables. Y una pila de platitos de postre en la pileta de lavar. Y muchas cucharitas.
Un tipo nos había dicho que la vida es sufrimiento y que había que encontrarle sentido a ese sufrimiento. Que uno llena su agenda de actividades productivas pero son las improductivas las que le dan un significado a las agendas.
No quiero escuchar al auto azul que dice que se las llevó.
Si hay universos paralelos, en algunos de ellos las estoy invitando a bailar una canción de Radiohead. En otros, me quedé dormido sobre el hombro de una de ellas.
Sin embargo son las 2 de la mañana, hace frío, y en el piso quedó el envoltorio de un palito de la selva. Les mandé un sms: let me know si llegaron bien a Córdoba. Levanto el papel del caramelo y leo que las mariposas monarcas protegen sus larvas de otros animales colocándolas en plantas venenosas. Desisto de cualquier metáfora, aunque me siento a escribir. Tengo suerte, o acaso no hice las cosas tan mal después de todo.
Salgo a la calle de tierra. La huella del auto azul es una evidencia inútil. No es cierto que se hayan ido. No es cierto que ya sea lunes. No es cierto que me guste que me digan Manu. No es cierto que Marte haya estado justo encima de Venus.

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3 comentarios

  1. ¿Por qué no podremos vivir la vida siempre así?

    También este domingo tuvo para mí tres minutos tales que, emulando, podría decir: ahí supe que en el momento de mi muerte, cuando desfilen ante mis ojos los momentos pulenta que estaré dejando atrás, ese silencio de tres minutos me va a dejar vivir un rato más. Supe que lo estoy usando … como una trampa para aferrarme a la vida.

    Es bello, pero duele.
    Gracias por prestarme algunas palabras.


  2. Corren días existencialistas por nuestros calendarios.


  3. tres sílabas y un signo de exclamación:

    be-lle-za !



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