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Dios no existe

septiembre 27, 2007

Entrevista a Graciela Mochkofsky.

Lindo libro, linda ella, linda entrevista.

Viaje por las ideas de Dios

Graciela Mochkofsky presenta mañana en la ciudad de Córdoba “La revelación”, historia real de una comunidad campesina que practicó todas las religiones bíblicas hasta convertirse al judaísmo. Hoy estará en Jesús María.

Emanuel Rodríguez De nuestra Redacción erodriguez@lavozdelinterior.com.ar
Una épica de la fe. La apoteosis de una búsqueda. Un libro sobre lo que buscamos cuando buscamos a Dios. Una historia de la identidad del hombre. La revelación es un libro extraño. O por lo menos cuenta una historia extraña, cuyo relato compromete al lector en una reflexión sobre cómo se relaciona con los sustantivos abstractos que sostienen su vida: la fe, el amor, la libertad, la voluntad.
Graciela Mochkofsky, la autora, comenzó a escribirlo hace cuatro años, cuando encontró en Internet una carta de un rabino estadounidense. En la carta, el rabino pedía ayuda para una comunidad judía ortodoxa peruana. Una comunidad en la que los rabinos eran cholos. Graciela llamó al número de teléfono que figuraba en esa carta. La atendió una mujer de acento hispano. Era la esposa del rabino, y era peruana. Había formado parte de esa comunidad protagonista de una aventura descomunal de conversión y búsqueda de una identidad religiosa.
Decidió escribir esa historia. Con el dinero de una indemnización –había trabajado 12 años en las redacciones de dos diarios– costeó los viajes y el proceso de escritura de lo que hoy es uno de esos libros que hay que leer para entender el mundo. A pesar de que su punto de partida es la historia de un campesino, Segundo Villanueva, que heredó de su padre un ejemplar de la Biblia y comenzó junto con otros cientos de trabajadores peruanos un increíble viaje a través de todas las religiones que reconocen al libro sagrado como base de su fe hasta llegar a un acto de conversión al judaísmo. Hoy, Segundo Villanueva se llama Zerubabel Tzidikiya, tiene más de 80 años y vive en las colonias judías de los territorios palestinos ocupados por Israel.
Tono de fábula. Mochkofsky tiene 39 años. Vive en Barrio Norte, en Buenos Aires. Alguna vez vivió en Córdoba, y esta noche presentará La Revelación en Jesús María, y mañana en Villa Belgrano. Ahora está sentada en un bar, el sol le ilumina el perfil. Cruza las piernas y dice que es raro estar del otro lado del grabador.
–El libro es raro…
–Es una historia extraña, sí.
–Y el tono es raro también. Es como leer un relato bíblico, una leyenda. Nunca aparece la primera persona. ¿Cómo trabajaste ese tono?
–Ensayo y error. Escribo y escribo hasta que logro el tono. Quería que este libro fuera leído como una historia universal. Es la historia de unos peruanos de Cajamarca, pero podría haber sido una comunidad de cualquier lugar del mundo y de cualquier época. Por eso quise escribirla como una fábula para niños, ese tono me permitiría transmitir la historia pura. Hay mucho en la historia que tiene que ver con la política actual, con política internacional, con los usos políticos de la conversión, con la pobreza en América latina… pero yo no quería que se leyera como un libro sobre ninguno de esos temas, sino como una historia humana de transformación. Y, efectivamente, como la imaginación de Villanueva se desarrolló leyendo la Biblia, había muchos contactos con historias bíblicas en el viaje que esa comunidad había hecho.
–¿Tiene relación la elección del tono de fábula con la búsqueda de la objetividad para narrar la historia?
–Siempre trato de narrar objetivamente. Me parece que los lectores tienen que llegar a sus propias conclusiones. Sé que como autora no puedo escapar de un punto de vista, claro, y en Timmerman –el libro que Mochkofsky publicó sobre Jacobo Timmerman en 2003– me sentí obligada a que hubiera un epílogo en el que yo explicara el significado de Timmerman para nuestro tiempo. En este libro no quería hacer eso, me parecía que cada lector tenía que leer a su modo, que la historia era tan fuerte en sí misma, en su simpleza, que tenía que llegar a cada lector en distintos modos y que en todo caso cada lector, de acuerdo a su propia relación con la fe y con la religión, iba a sacar conclusiones distintas.
–Yo lo leí sobre todo como un libro sobre la identidad.
–Sí totalmente. Uno podría ver que en realidad Segundo lo que estaba buscando era su identidad. Dónde la buscaba es la clave de todo, porque no era en una realización personal o en una obra artística, sino en la verdad que Dios tenía para él.
–¿Qué creés que puede aportar tu libro a una reflexión sobre la identidad?
–Creo que cada lector va a encontrar un aporte de acuerdo a cómo ve su propia identidad religiosa y su identidad en general. Por otra parte, lo que la historia de Villanueva dice sobre eso, y que no es necesariamente lo que yo quise escribir en el libro, es que uno puede cambiar su identidad por completo, y cambiar lo que parece ser su destino, por decisión propia. Yo creo en la voluntad. Creo que Villanueva y su gente prueban eso: es decir, que un hijo de un campesisno nacido en un pueblo de una montaña de los Andes, puede convertirse en el líder de una comunidad de judíos ultra ortodoxos que termina en los territorios palestinos. Creo que lo que enseña es que tenés tu vida entre tus manos y que podés hacer lo que quieras con ella si tenés el deseo.
La voluntad es el motor de una aventura que incluye la confección de una Torá propia a partir de fotocopias cosidas a un trozo de tela, y años de insitencia ante las autoridades de Israel para que la comunidad sea reconocida.
Nada que hacer –La historia de cómo llegás a esta historia es muy atractiva. ¿Por qué decidiste no contarla en el libro?
–Mi primera decisión había sido contarla. Y contar partes de mi historia personal que hicieron que la vida de Villanueva se conectara de un modo tan particular conmigo. Mi padre es judío y mi madre es católica, y hay en los matrimonios mixtos algo que marca mucho la identidad del judaísmo en América latina, muchas personas como yo con apellidos judíos pero que en realidad no somos judíos. Pero a medida que investigaba me dí cuenta de que yo no tenía nada que hacer en esta historia, y que por más que esos hechos fueran tan importantes para mí, y tan fascinantes, la historia de esa comunidad era tan especial y tan potente que yo no tenía nada que hacer allí.
El libro le llevó cuatro años. Graciela Mochkofsky dejó su trabajo de periodista en La Nación en agosto de 2003 y en setiembre ya estaba en Israel, haciendo las primeras entrevistas. “Luego volví a Buenos Aires y me di cuenta de que tenía mucho que leer: yo no sabía nada sobre judaísmo, ni sobre conversión, ni nada. Empecé a estudiar sobre religiones. Empecé a estudiar hebreo, volví a ir a Israel, y luego pasé un tiempo en Perú. Fueron tres años de trabajo, tres viajes. Y me llevó muchísimo tiempo escribirlo”, cuenta.
–Da la sensación de que disfrutás más del proceso de investigación que de la escritura.
–Sí. A mí lo que me gusta es investigar. Lo que me atrae del periodismo es esa oportunidad que te da para entrar a otros mundos y salir con toda impunidad. En general, para mí, escribir es un sufrimiento. Me cuesta mucho, mucho. Escribo, reescribo, tiro a la basura. Mi recuerdo de escribir este libro es estar sentada en mi casa, frente a una ventana, y que pasaban las horas y yo seguía ahí adentro, y todo el verano pasó por la ventana y yo estuve ahí escribiendo. Si hay algún disfrute es un poco neurótico, porque no me dí cuenta.
–No hay en el libro ninguna referencia a cómo pudo haber conmovido, la historia de Villanueva, tu propia historia. Sin embargo es difícil imaginar que una aventura tan intensa de reflexión sobre la fe no te haya involucrado de una manera especial.
–Yo tuve una educación católica, justamente acá en Córdoba, en el colegio Padre Claret. Y mi educación católica fue muy represiva. Fue lo contrario de la libertad. Creo también que yo era muy literal en todo lo que me decían. Si faltaba a misa me pasaba toda la semana rezando para no morirme antes del domingo. O le rogaba a mi padre que se bautizara, porque me habían dicho que las personas no bautizadas no entraban al cielo. Mi papá me decía “¡pero yo soy judío!”. Todo eso de algún modo quedó en mi relación con Dios. No fue una relación muy alegre. Lo que me pasó fue que terminé de entender que ya no creo en Dios, de darme cuenta de que eso no está en mí.
–¿Y qué sentiste entonces?
–Una pérdida muy grande, porque toda mi vida yo sentía que había alguien ahí que se iba a asegurar de que todo vaya bien. Haciendo este libro me dí cuenta de que eso no era ciero. Que no había un díos. Que no tiene ningún sentido que haya un dios. Y fue muy angustiante.
–¿Por qué no hay huellas de esa revelación en el libro?
–Porque darme cuenta de que no creo en Dios me llevó a una visión mucho más comprensiva sobre la religión y la fe. Claro, sé que hay usos políticos de la fe, y que la fe es usada para la política y para la guerra, pero lo que yo aprendí con este libro es que la fe no se agota en esos usos, que siempre hay otras dimensiones, y que hay una dimensión personal de la fe que es muy profunda y muy hermosa. A mí me parece muy bella la historia de esta gente, pese a que hay un espacio político que yo no comparto, que tiene que ver con dónde han terminado, etcétera, y pese a que si nos pusiéramos a hablar con Villanueva sobre política y Medio Oriente probablemente no tendríamos ningún punto de acuerdo. Pero yo no quería que el libro fuera sobre eso, quería que se pudiera ver la historia puramente humana de esa transformación de la identidad, por un lado, y de lo que la fe significó en las vidas de estos peruanos por el otro.
Una de las excentricidades de la historia que cuenta La Revelación tiene que ver con el periplo deductivo de Segundo Villanueva. El campesino comienza su viaje cuestionando su propia fe. Del catolicismo pasa al protestantismo, al evangelismo y finalmente observa un riguroso judaísmo. Todo el tiempo somete su fe a preguntas que las historias de las religiones han evitado. Preguntas que socavan el poder de la fe llevan a Segundo a, paradójicamente, redefinirla y reforzarla.
–Es una historia de muchísimo coraje para discutir la propia fe todo el tiempo…
–Alguien me señaló algo parecido: que lo más extraordinario era que los peruanos de Cajamarca habían hecho un proceso que en la historia de la humanidad llevó miles de años y mucha violencia, de un modo pacífico y por deducción. Para Villanueva fue un proceso de razonamiento.
–La fe, fortalecida por su propio cuestionamiento…
–Así es. Para mí el hilo central del libro es una pregunta sobre si se puede alcanzar al verdad mediante la fe. La Fe requiere la suspensión de la verdad. Pero Villanueva es un convencido de que se puede llegar a la verdad, a la única verdad, mediante la fe.
–Que es para Villanueva un modo de comprensión del mundo…
–Y que no termina. Villanueva continúa su camino, estoy segura. Porque si algo enseña su historia es que esa búsqueda no se termina nunca.

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One comment

  1. yo creo que dios NO! exsiste porque:
    1) hase muchisimos años estaba la tierra en el espacio, en un momento choco con un asteroide lansando miles de particulas y luego esas particulas se uñeron formando el pasto,agua,etc
    2)un par de particulas formaron los animales acuaticos cuando salieron del agua se formaron los dinosaurios despues,
    3)una vez callo un meteoro e hiso su extincion habia particulas que formaron a los monos y se fueron evolucionando y estamos haora en presente.
    NO EXSISTE:
    1)dios es todo poderoso y perfecto no?
    2)si dios es perfecto crea cosas perfectas
    3)si dios es todo poderoso porque no acaba con los problemas de la tierra:las guerras,la atmosfera,el egoismo,y todos tendriamos que ser iguales que no aya pobres ni ricos todos iguales
    dios es persona:
    si dios es y fue persona no puede estar en todos lados o sea no puede estar en muchos lugares a la vez si es persona.



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