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Lo que el viento se llevó

febrero 7, 2008

Tratado de los vientos,
Por Gastón Sironi, Córdoba, 2007.

Como los viajes, los vientos son una enumeración de lugares. En Tratado de los vientos esos lugares son excusas para una descripción que, ejercitada en la suma de imágenes, parece buscar grietas en lo que asoma como el registro de un geógrafo compulsivo y sentimental.
El libro de Gastón Sironi está compuesto por textos de tono lírico en forma de prosa acumulativa (no hay puntos, sólo proposiciones coordinadas por comas o por barras). La forma parece responder al tema: los vientos no reconocen puntos y aparte, avanzan, y en su avance cambian de dirección y de intensidad por razones tan caprichosas como pueden ser, en el texto, un sonido familiar, una aliteración, una metáfora oportuna.
No hay acciones en Tratado de los vientos: las cosas no pasan, están. Si hacen algo, las cosas, entonces remiten. La acción parece estar siempre en otro lado, en otro libro escrito con las palabras que este libro omite, o en otro libro escrito con lo que el viento se llevó de este.
La compulsión del geógrafo por imágenes, por paisajes a veces naturales a veces mentales y siempre en el terreno ambiguo de la posibilidad de una segunda lectura, se manifiesta en la reunión de epifanías, paisajes que dicen cosas sobre hombres que los contemplan. Por ejemplo: “veleros navegando, eso somos en las tormentas del tiempo, cuánto dura una tormenta para las llagas”.
La técnica no es novedosa, claro, aunque sí hay una búsqueda de la novedad en la presentación de los textos, que es exquisita y sutil. Sin llegar a ser protagonista del libro, el diseño aporta sensaciones en diálogo con los textos: espacios en blanco que parecen el paisaje después de una tormenta.
Acaso una improbable enciclopedia de los vientos del mundo tenga un catálogo de nombres de vientos más profusa que este libro de poemas. Cientos de nombres para vientos que no dejan de ser un mismo objeto inasible, misterioso y capaz de soportar una amalgama de significados tan infinita como frustrante en su indefinición: el libro, como el viento, dice algo incompleto, algo que no se agota en la comparación entre el comportamiento de los vientos y la biografía afectiva del poeta.
Resulta complicado asociar este catálogo de vientos del mundo a alguna tradición poética local: la sucesión de nombres extraños quiebra los intentos de familiarizar esa lista.
En una zona del libro el viento se calma y los textos adoptan la forma de versos: el poema se titula “amaina” y cumple con el destino impuesto por su título. Hacia el final vuelve cierta agitación y después, lo que queda cuando no queda más que el viento, o ni eso: el silencio, y un punto final.

Publicado en La Voz del Interior de hoy.

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