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Flores celestes

marzo 24, 2008

 (#7 de 10)

Entre los motivos por los que invité a Anita a que visitáramos a los únicos amigos que tengo en el pueblo el más identificable es la culpa. Pero no tanto por haberle hecho creer que mi poema fue pensado para su pelo y su manera de sonreír, ni por haberle mentido a Olmos que el bulto ruidoso en mi cama no era una estudiante de Ciencias de la Educación sino mi hermana, algo que por cierto Anita no ha mencionado aún, como si su padre, ante la sospecha, hubiera preferido por primera vez el silencio. No. El recorrido de mi culpa roza a Anita, quizá, pero atraviesa el corazón de Romina allí donde esté, porque sé que por más que Anita y Romina jamás podrían comparar poemas y comprobar que soy un mimeógrafo, Romina ya lo sabe, lo presiente.

No sería la primera vez que Romina sepa algo sin tener mayor evidencia que un sexto sentido, una lectura del viento que le trae primero el aroma vago de una intuición y luego el perfume potente de una certeza: tres noches después de nuestra primera noche no di motivos para no dormir juntos por cuarta vez, o dije que debía leer una novela con la urgencia de los comentaristas y cené con Mónica: yo sentía el poder de haber descubierto entre otras piernas que Mónica, en lugar de ocupar ese pedestal ideal en el que mi deseo y el deseo de los demás la habían colocado, era una mujer aburrida en la cama. Sentía el poder de haber descifrado la clave para que Mónica dejara de ser un agujero negro en mi galaxia, y la había invitado a cenar para experimentar una indiferencia erótica inédita y para pedir una coca cola regular y dejar de acompañarla en su utopía light.

Mónica aceptó, extrañada de que yo hubiese desaparecido por tres días: ni una llamada, ni un mensaje de celular, ni un correo electrónico.

Cuando se acercó la moza pedí las gaseosas, miré a Mónica con un gesto infantil y le dije por enésima vez que había logrado olvidarla.

El problema con Mónica era que esa determinación la atraía. Aun cuando podía conjeturar que era un nuevo intento fallido de mi parte. Sin proponérmelo pero con la alegre convicción de haberlo logrado, volví a ubicarme en el histérico terreno del deseo de Mónica, que acostumbraba invitarme a su casa sólo cuando sentía la sensación de que podría perderme, y sólo si esa sensación no coincidía con uno de los días en que ella visitaba al hombre casado que prometía dejarlo todo para llevarla a Europa. Nos besamos con la impaciencia de las reconciliaciones pero me detuve cuando recordé que todo mi cuerpo olía a otra mujer. Abandoné el restaurant con una excusa tonta y llamé a Romina, le pedí que suspendiera sus actividades y me acompañara a casa. Me dijo que no, que ya había hecho planes con sus amigas. Al otro día me miró y me dijo que había soñado que yo volvía con Mónica.

Ahora la culpa de haberla usado como molde para seducir a otra persona –incluso cuando esa otra persona era Anita, la hija de Olmos, la mamá de Jonatan–, me ponía en movimiento, me sacaba de mi casa.

La llevé a la cabaña de los únicos amigos que tengo en el pueblo, amigos que conocí en la ciudad, claro. Una pareja de fotógrafos. Tenían otras visitas, y la tarde del sábado fue incómoda. Una de las visitas era un artista plástico de ego insoportable, lentes oscuros y pose constante de caricatura de un dandy. Como si no pudiese soportar que los demás no supiéramos que él era artista, se las arregló para llevar la conversación hacia una zona confusa en la que parecía inevitable hacer referencia a su “obra”, una búsqueda permanente de algo que a los críticos del mismo diario en el que trabajo les gusta definir como ausencia. Mis amigos y el artista tomaban ron, demasiado ron, y comparaban escuelas y hablaban del estado de las cosas. Anita sonreía. Estábamos bajo un jacarandá florecido durante la última tarde del verano. La brisa movía las ramas y una lluvia de flores celestes era la escenografía de un error.

Yo quería alejarla de mi casa y de toda la zona de la culpa. Alejarla incluso del poema torpe que le había leído y luego regalado y que ella había doblado cuidadosamente para guardarlo en el bolsillo de una pollera larga, de lino, que era además una apología de sus piernas. Anita estaba contenta y mantenía silencio, yo la veía sonreír cuando los demás sonreían, y mantener un gesto que para ella tendría que haber significado algo así como que estaba entendiendo de qué demonios hablaba el artista. Me conmovió cuando, en medio de un monólogo insoportable de Manuel sobre su última muestra, Anita se llevó la mano hacia el bolsillo de la pollera y tocó la hoja del poema, cuyas formas se dejaban ver en la tenue transparencia del lino. Anita hizo entonces un gesto de sonrisa que pareció más genuino, sin destinatario.

Yo trataba de descifrar mis emociones, la culpa que me había llevado a esa reunión de borrachos. Mientras observaba el rostro dulce de Anita y su pose automáticamente seductora, pensé que mi error era crear una ficción en la que Anita y Romina podían sentirse especiales y descubrirse de repente como partes de un grupo más o menos homogéneo de mujeres que uso para escribir. Que Anita tocaba su poema en el bolsillo de su pierna y podría sentir que ese pequeño espacio de universo había sido creado exclusivamente para ella cuando en realidad era parte del juego ególatra de un periodista de ciudad. Que Romina podría no creer en la exclusividad de los cuerpos y pedirme incluso que le cuente mis aventuras sexuales de periodista de ciudad, pero no tomarse con esa alegría afectiva la noticia de que aquel espacio mínimo que habíamos construido con palabras de apariencia original tampoco era exclusivo. Que ella no era la única a quien yo podría coronar soberana de mis sábanas, mi muy soñada en el verano, primera y única razón potente para subirme a un avión.

Era un juego perverso que alimentaba mi ambición de ganar un premio de novela y condenaba a las mujeres que amaba al decorativo rincón de las fábricas de ideas.

Tomé a Anita del brazo y nos despedimos. En el camino de vuelta me preguntó por mi hermana.

Le conté que no era mi hermana, que me había acostado con la estudiante de Ciencias de la Educación, la autora de la tesis de 300 páginas.

Anita guardó silencio y por unos tres minutos sólo se dedicó a mirar hacia el frente. Con el Jonatan enfermo se había perfumado y vestido con su mejor pollera, había soportado la borrachera y el amor propio de Manuel y cuando caminaba rumbo a mi casa con la esperanza de sellar por fin un pacto, yo le destrozaba los planes con una anécdota ridícula.

–¿Por qué me lo cuenta?
–Por que no quiero hacerte mal.
–Usted no entiende…

A pocos metros de casa mi perro se da cuenta de que regresamos y sale corriendo. Sus orejas aletean descontroladamente. Su alegría está tan desfasada de la situación que hace que Anita incluso se ría.

–Usted no entiende nada. 

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16 comentarios

  1. es que Anita es de Belgrano, por eso las flores celestes.
    Maravilloso Emanuel… esperando cada día para tu relato.


  2. llueven corazones niños.
    y yo q tengo ganas de bailar.
    y la gente q no entiende nada.
    abrazo!


  3. ¿Y por qué no puedo tener esta historia impresa en mi biblioteca, cual libro?


  4. La gente se pone exótica cuando te escribe. Bleh.


  5. usted no entiende nada, yo me pongo celeste, el mar se abre…


  6. Van seis, no? quedan cuatro? son diez como la anterior serie? Fantástica la serie, ya se me borró la primera imagen de Anita, ahora es otra! Sucede, sucede!

    un abrazo, viejo!


  7. entre la basura vieja y sucia que tengo y que revisaba mientras acomodaba las cosas pa la mudanza me encontre la piedra negra, que tiene un dibujo de jorge cuello
    “este ejemplar se entrega gratis pero no acompaña la edicion de ninguna otra revista o diario: si se lo dan junto al Cronista Comercial, por ejemplo, es porque su kiosquero se emborracho y mezclo todo. repruebe su conducta recordandole que el alcohol ha roto, por ejemplo, mi familia. si de casualidad el kiosquero resultara ser mi padre, que se ha fugado la semana pasada, pidale que vuelva a casa y que nos diga donde dejo el control remoto”
    sublime.
    que buena basura vieja y sucia que tenia en esa bolsa.
    abrazo y tocada de cola.


  8. anitaX: mmm… ok, puede ser, muy a mi pesar, que Anita sea de Belgrano. Muy a mi pesar. Gracias por pasar.

    verónica: si usted tiene muchas ganas de bailar…

    Facundo batista: ¿da para libro? ¿te parece, posta? Yo leo cada estupidez hecha libro y me pregunto ¿por qué? que en mi caso preferiría esperar hasta estar haciendo algo realmente bueno, que realmente merezca el libro. No me llevo bien con la compulsión de los que mandan a libro cosas que no valen dos mangos. Por ahora el blog es el lugar. Pero gracias, muchas gracias.

    Ana: ¿si? ja. Puede ser.

    Nt: si hay celos, celeste… no hay onda.

    Leandro: Van seis, son diez. ahora no se me ocurre cómo seguir, pero son diez. mañana hay cap 7. otro abrazo.

    Nardo: a ver si tirás esos papeles!


  9. yo seguiría por la cicatriz de anita. una costura, un remiendo, expuestas te interpelan.


  10. mmm… yo le daría con el gol… no está bueno que quede para el último…

    Si no dijiste que era en Agua de Oro, seguro es que leí en algún otro que estabas viviendo allá, y por supuesto si hablás de un pueblo, no puedo pensar en otro… Además, el pueblo de estas flores es muy Agua de Oro…

    Suerte con estos nuevos capítulos!


  11. Hace dos dias me encontré un billete de cinco pesos en la góndola del súper, junto a los artículos de limpieza.


  12. La culpa como motor de un escritor ambicioso cuyo cuerpo huele a muchas mujeres, las flores celestes como escenario del error.
    Tengo la impresión de que se oscureció el cielo…


  13. Son celestes las flores del jacarandá? Celeste escenario para el error…
    Cuando se oscurece el cielo el jacarandá se torna poesía…se vuelve jacarandoso y sus flores azul-violeta culposo?

    Con las manos abiertas, una lluvia de flores de cerezos, se espera.


  14. Emanuel: No se si *esta* historia, que es corta, da para *libro*, pero por una cuestión más de longitud que otra cosa.

    Pero *esta* historia, como otras cosas que escribiste, me despiertan la inquietud de regalárselas a gente que quiero, y es más fácil tenerlas “en forma de árbol muerto”.

    También puede ser una cuestión de egoísmo: quiero tener esto que es lindo en mi biblioteca, para saber que lo tengo ahí, que es mío, y que lo puedo releer cuando quiera…


  15. Leandro: es cierto, si ahora yo dijera que en realidad es un pueblo de La Rioja que se llama Olta, ¿quién me cree?

    George: si termina en 874, era mío.

    Euge: ¿lo qué?

    Eva: sí, son celestes, lo aprendí de ME Walsh. Si ME Walsh mentía estamos en el horno.

    Facundo Batista: es un buen argumento. Será cuestión de paciencia. Prometo no contaminar las librerías con nada completamente mío hasta cumplir 30 años. No conozco nadie de menos de 30 que escriba como para publicar un libro de ficción, posta que nadie, nadie. Y conozco más de uno que publicó a los veintipico y se creyó el verso de la literatura joven. Por ahora estoy bien acá, en el blog, que es gratis, y en las revistas, que tienen varias cosas que hacen equilibrio. Pero gracias, muchas gracias.


  16. ups! mmm…. me parece que ahora nadie te creería eso!



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