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Los ideales | parte 1

julio 15, 2008

Me invitan a sentarme donde quiera pero los lugares libres son tres. La mesa parece a punto de desbordar de comidas y botellas de vino tinto. La invitación más interesante  viene de la mirada intensa de una mujer, que levanta una de las botellas y hace ademán de servirme vino en la copa que corresponde al lugar vacío que quedó al lado de su hija. Que se junten los jóvenes, dice. Yo escucho: “si tuvieras veinte años más”, pero ella dice “que se junten los jóvenes”.
Acepto porque no sé decir que no, pero también porque no hay mucho para decidir, y definitivamente porque la mujer es tan atractiva como su mirada, y está vestida como si en los ’70 hubiera sido la mujer más linda de la Argentina.
La hija es parecida, pero la relación entre sus bellezas es la que hay entre el encanto propio del mar y la gracia de una playa que se forma por efecto de ese mar. Y acaso lejos de su madre la chica ni siquiera sea tan linda, como una playa sin agua es un desierto.
Igual brindo por la juventud, les sigo el juego: madre e hija abandonan conversaciones previas y hacen preguntas rápidas: ¿viniste solo?
Íntimamente celebro el giro que han dado estas reuniones de amigos mayores, pero no por la presencia de la chica de 26, periodista, de izquierda. Por la mujer de 52, fabricante de mermeladas en San Marcos Sierras, artesana, desencantada.
Las dos tienen no la misma camisa pero sí el mismo escote: como si la hija hubiese heredado además del gesto preciso de la sonrisa de la madre, la manera en la que la tela cae sobre los pechos redondos, firmes, notablemente erguidos.
No puedo dejar de mirar las cuatro tetas en fila y supongo que ellas se dan cuenta y por eso se ríen: ahora mismo tengo 14 años y la mujer es mi profesora de gimnasia con pantalones ajustados, la amiga de mi tía desnuda en un almanaque de gomería y la empleada de un amigo agachándose a estrujar el trapo de piso. Una antología torpe,  grosera y biográfica del erotismo pasa por mi cabeza hasta que alguien propone un brindis para homenajear al anfitrión de la cena, que cumple 64 años, que parece fracasar en su intento de disimular el portaviones de imágenes que se le vienen a la cabeza.
Yo sigo pensando en escotes de madre e hija. No puedo conmoverme, aunque disimulo un gesto complaciente para el brindis. Un clima solemne se instala en la mesa, yo escucho “tocámelas, dejá de mirarlas y tocámelas” pero la mujer recita un breve poema épico de algún primer justicialismo y todos levantamos aún más las copas. 
Entonces cruzamos miradas, la hija y yo. Quiero decirle que me gusta la madre, la madre, pero no digo nada. O lo que digo es tan ambiguo que es peor que nada.
Brindan por el juicio a Menéndez. La euforia de la mesa es una lluvia breve de vino tinto en gotas que manchan el mantel y la camisa de la mujer, gotas de vino sobre los pechos redondos y firmes de la mujer de las mermeladas.
Íntimamente me pregunto quién será mi Menéndez, cuando llegue mi turno, pero la reflexión es un relámpago débil, insignificante. La hija me toca la mano para pedirme un cigarrillo y me hace señas para que la acompañe a fumar al patio.
–Van a cantar la marcha peronista.
–No traje encendedor.
Cuando salimos al patio los escuchamos con ternura y cierta cómoda idiotez. Fumamos como si nos resultara indiferente y hablamos de New Order, de Beck, de música para patios. A los de adentro los une una marcha, a nosotros un cigarrillo mal fumado. Cuando volvemos a entrar hay algunos invitados secándose las lágrimas. La madre nos quiere explicar que es inevitable, yo escucho “quiero que me chupes las tetas”, pero ella dice “todos los años pasa lo mismo”.

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4 comentarios

  1. Yo también he escuchado “quiero que me chupes las tetas” varias veces. Jaja!


  2. qué buen relatito… me hizo acordar a los diálogos sugeridos (mudos) de manuel puig en boquitas pintadas… que me chupe las tetas… ahora falta que el personaje se anime a proponerlo, con una seña o algo, a la peronista, aunque ése sería otro relato, menos perdedor, saludos !


  3. A mi también me encantan las viejezuelas de 40 y 50


  4. Flor de colgada: no entendí, o lo que entendí me pone muy nervioso.

    analía: qué bueno que pases por aquí… el relato sigue, sigue… ya hay segunda parte, y habrá 10.

    Diego: todo lo que me gustaba del cuentito se ha ido en la palabra viejezuelas… no puedo dejar de reírme… “viejezuelas…” adiós encanto!



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