Archive for 26 noviembre 2008

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HOY – ÚLTIMA FUNCIÓN DE W

noviembre 26, 2008

Hoy se despide W Invasión Extraterrestre. 

Es la última oportunidad para ver la obra más graciosa de Boulevard San Juan en lo que va del último trimestre del año.

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Nubes (cuatro)

noviembre 25, 2008

Germán confeccionó la ficha de afiliación al club enfocado en averiguar todo lo posible acerca de Melina. Todas las preguntas estaban escritas para una interlocutora femenina, lo que dejó a Horacio sin la posibilidad de responder. 

-¿Soltera, casada, separada? ¿Qué clases de opciones son estas? Tengo que tachar las tres. 

En una de las preguntas, la que le pareció particularmente encantadora, Germán incluyó el nombre de Melina. Las 1000 fichas que mandó a imprimir llegaron en un paquete 48 horas después de la primera reunión y tenían entre sus preguntas el nombre de Melina. Pero Germán no se dio cuenta hasta que Horacio llegó al punto 27 de la encuesta y lo leyó en voz alta, con un tono entre interrogativo y burlón: 

-“Si no fueras Melina y fueras una nube, ¿qué forma te gustaría tener?”. ¿Qué clase de pregunta estúpida es esta? 

El dueño de casa contuvo su arrebato de ira y vergüenza lo suficiente como para no aplicarle a su invitado un golpe de puño pero le retiró la ficha, velozmente, llevó el talonario a la cocina y agradeció a dios, en silencio, que Melina se hubiera retrasado. 

Melina Frossard viajaba en bicicleta hacia la reunión. Pedaleaba como si pudiera recuperar los minutos de más que había dedicado a disfrutar de los masajes de Fernanda, incapaz de ponerle fin a una actividad que solía causarle tantos retrasos como pequeños orgasmos. Pedaleaba también con una especie de conciencia de endurecimiento de los músculos de la cola que compensaba su frustración económica. Le gustaría tener un auto, un pequeño auto importado y viejo, de esos que ya nadie roba porque no se consiguen los repuestos. 

 

Cuando llegó, Germán le abrió la puerta con un gesto que mezclaba el alivio y la excitación, una mirada intensa que la incomodaba levemente. 

-¿Puedo pasar con Ceci? –dijo, señalando la bicicleta. 

 

Horacio contuvo la risa y también se guardó para sí los comentarios sobre el papelón de las fichas de afiliación, aunque estuvo toda la tarde sonrojado. Hablaron de algunos tipos de nubes que habían visto en los últimos días, y Germán propuso debatir la inclusión o no de un ex combatiente de Malvinas que había enviado una carta al club. Los tres estuvieron de acuerdo en que un club que no supera la decena de socios no podría darse el lujo de rechazar solicitudes, y Melina se propuso a sí misma como redactora de la carta de aceptación. Germán no pudo negarse, e incluso le prestó las hojas para escribir el borrador. Melina tomó el bloque de papel, lo sacudió, y cuando lo dio vuelta para empezar a escribir, se encontró con su propio nombre, escrito en azul, repetido mil veces. Buscó otra hoja y se dio cuenta de que todas estaban igual de escritas. En todas, su nombre se repetía incontables veces  y de vez en cuando el conjunto adoptaba la forma imprecisa pero apabullante de una nube espesa.

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Nubes (tres)

noviembre 19, 2008

Córdoba, 2 octubre de 2006. Al Club de Espectadores de Nubes

Estimados socios del club de espectadores de nubes, con agrado les escribo para solicitar mi afiliación a vuestra asociación, salvo que uno de los requisitos de la misma sea la presencia física en alguna de las reuniones que el club debe ya de estar organizando. Hace 23 años que estoy postrado en una cama, como consecuencia de una herida de guerra. Le estoy dictando esta carta a la secretaria de mi hermano, que es la única persona que me visita a diario. Ella me trae el periódico, y gracias a ella descubrí el llamado de vuestra institución. Me gustaría describirles a Ana Clara, pero se sonrojaría y no escribiría una sola de mis palabras. No suelo ver muchas nubes, me sacan al patio sólo los domingos, si no llueve, y la ventana de mi habitación permanece cerrada día y noche, para evitar el ingreso de insectos. Pero las pocas nubes que recuerdo han sido merecedoras de mi admiración: prefiero las que forman en el cielo la bandera nacional, porque me recuerdan mis épocas de soldado. Claro, podría tratarse de un recuerdo triste, ya que en aquellas épocas perdí la capacidad de moverme, pero son también recuerdos gloriosos, ya que me acuerdo del entusiasmo con el que decidí defender a la patria. Un entusiasmo no del todo compartido por los otros soldados, es cierto. Mi herida de guerra no es estrictamente una herida de guerra, debo confesarlo. Aunque no se hubiera producido si no me hubiesen llamado a alistarme. Cuando fui emplazado, una emoción fervorosa me ayudó a preparar el equipaje y salí corriendo de la casa paterna para tomar el colectivo hacia Malagueño. No miré hacia los costados de la calle, y frente a mis ilusionados y temerosos padres fui atropellado por un camión Scania. Antes del primer combate, antes incluso de que se declarase oficialmente el estado de guerra, yo me convertí el primer caído por amor a la patria. 

Ahora no puedo moverme. O mejor dicho: moverme supone un esfuerzo global de toda la familia, que ya mucho hace por mí al mantenerme sin que me falte abrigo ni comida, y al enviarme todos los días a Ana Clara. 

¿Por qué les cuento todo esto? Pues porque quiero ser socio del club de espectadores de nubes. Aunque no pueda participar activamente de las reuniones. Lo único que pido es que me acepten y me tengan al tanto de la actualidad del club, y que consideren la posibilidad de realizar alguna de las reuniones en mi habitación (haré lo posible porque ese día esté abierta la ventana). Los felicito por la iniciativa y quedo a la espera de vuestra respuesta. 

Soldado (r) Juan Gallardo.

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Nubes (dos)

noviembre 17, 2008

Horacio Cortés Vil decía ser descendiente indirecto de un expedicionario francés que en 1926 llevó a cabo una hazaña extraordinaria: viajó de Río de Janeiro a Lima en automóvil, atravesó un continente sin caminos, con el solo objetivo de establecer un mapa de rutas y de ser el primero en unir tres capitales y dos océanos, haciendo escala en La Paz. El convencimiento de Horacio era mucho más fuerte que las posibilidades de su genealogía, y con esa fuerza semejante a una terquedad apasionada, se había dedicado al estudio cultural del automóvil, a los vínculos para él indisolubles entre el desarrollo de la civilización en el siglo 20 y la invención y evolución del auto. Se consideraba un experto y su erudición podía resultar tan apabullante como probablemente falsa, y una parte de sus estudios diarios suponían un repaso de los avisos clasificados en busca de autos en venta, modelos raros, posibles portadores de anécdotas capaces de enriquecer la historia universal que, desde su casa de barrio Iponá, estaba escribiendo. Había comenzado por revisar sólo los clasificados de autos en venta, pero después, ante el temor de que un error del diagramador del diario dispusiera un aviso importante en cualquier otra sección de los clasificados, hizo rutina el repaso global de la sección, en un ejercicio que le llevaba 45 minutos y que muy de vez en cuando le deparaba un dato de interés. 

El 12 de septiembre encontró un aviso que lo inquietó. No tenía teléfono ni dirección de Internet, ningún dato. No hablaba de autos. Pero era un aviso extraño, que le resultó seductor e intrigante. Tomó la coincidencia de la fecha del aviso con el inicio de la travesía de su supuesto antepasado como una señal del azar o como un mensaje de algún dios en el que él no había tenido básicamente tiempo para aprender a creer, y trató de seguir el rastro del club de espectadores de nubes. Por una semana vio que el aviso se repetía sin agregar datos, pero el 19 de septiembre, ochenta años después de que Roger Coirteville y su esposa se fotografiaran junto a unos aborígenes del mato grosso, y sin que ese hecho tuviera absolutamente nada que ver con ninguna nube, leyó la dirección de la casa de Germán. ¿Qué sería exactamente un club de espectadores de nubes y por qué tendría este método tan particular de sumar socios? La extraña inquietud que ese aviso había sembrado en Horacio le impedía incluso terminar de revisar la sección de clasificados, y con un agitación que él comparaba a la primera vez que vio un Renault de seis ruedas como el que usara su antepasado en Brasil, buscó la dirección y tocó timbre. Muy pocas veces tocaba el timbre de alguna casa, porque muy pocas veces salía de la suya, y esa mínima experiencia de pulsar ya era una novedad. Incluso pensó en  darse por satisfecho y pegar la vuelta antes de que alguien abriese la puerta, pero Germán no le dio tiempo, a pesar de que se había demorado por acción de cierta desilusión. Íntimamente, Germán hubiera pagado para que nadie más se sumara al Club después de la bendita suscripción de Melina. Igualmente abrió la puerta y vio a un hombrecito pequeño, que tenía la extraña cualidad de aparentar varias edades, todas ellas entre los 24 y los 40 años. 

-Pase, pase. Es nuestra primera reunión. Ella es Melina. 

Horacio se presentó, y en secretó lamentó que no hubiera mujeres hermosas en el grupo. Melina estaba bien, pero nada fuera de lo común. Tampoco había amantes de los autos, ya que el suyo era el único estacionado afuera, y en la casa no había ni una sola imagen que sugiriese una pasión automotriz. ¿Cómo podía alguien moderno no amar a los autos? Para Horacio, no habría modernidad de no ser por los autos, y reclamaba ese reconocimiento con una insistencia que lo había convertido en un ser antisocial. 

-¿Por qué nos reunimos en un living? ¿No deberíamos juntarnos en el patio, para ver las nubes?

Germán lo odió, por un instante toda su energía se concentró en un único punto del cráneo de Horacio y se imaginó que ese esfuerzo podría generar un rayo destructivo que decapitara a ese intruso. Pero se contuvo, y salieron al patio. Los tres. 

El cielo estaba apenas cubierto por un velo fibroso, extenso y ondulado. Una nube sutil apenas perceptible. 

-Cirrostratos –dijo Germán-. Si tenemos suerte, por la noche esta nube hará que la luna tenga una aureola blanca. 

Y se sorprendió de no decir la siguiente frase que se le ocurrió, que vinculaba la potencial belleza del cielo a la acción divina. 

Melina sonrió. 

-Estás loco. 

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Nubes (uno)

noviembre 14, 2008

 

 

 

Después de la tercera nube que le parecía tener la forma exacta del rostro de Celeste Cid decidió formar un grupo, una asociación, una sociedad civil de admiradores de nubes. No le parecía una mala idea, y en ciertas ocasiones juntaba los argumentos necesarios para considerarla genial, acaso la idea más valiosa que había tenidos en su vida. Pero no sabía cómo comunicarla. 

Germán estaba convencido de que las nubes recibían un trato injusto en la vida intelectual del planeta, que no eran materia de estudio, ni de las ciencias humanas, a las que a él le gustaría suscribir si no le resultaran tan distantes de la verdad divina, ni de las exactas –que a sus ojos rechazaban aún más lo indiscutible-. Como a su fe, nadie parecía tomar demasiado en serio el asunto de las nubes, ni estudiar con detenimiento por qué tipo de casualidad o acción divina él había visto en un mismo día tres nubes con la forma exacta, como un simulcop etéreo, de la cara de Celeste Cid. 

Puso un aviso en el diario, fue lo primero que se le ocurrió tras pensar varias semanas en cómo se funda un club. “¿Te gusta mirar las nubes? Unite al Club de Espectadores de Nubes de Córdoba”. La primera semana no obtuvo respuestas, porque se había olvidado de incluir en el aviso cualquier otra referencia. Ni una dirección de e-mail ni un teléfono. Al principio maldijo su torpeza, pero después concentró su bronca en la empleada de la receptoría del diario, que no sólo había trazado levemente una sonrisa displicente al leer su aviso, sino que además –evidentemente de manera voluntaria- no le había advertido semejante falta. 

Cambió de receptoría y pagó por un aviso más completo, con la dirección de su casa. También invirtió en una placa que puso junto a la puerta, un trozo de metal reluciente que decía en letras de palo seco “Club de Espectadores de Nubes de Córdoba”. Llamó al periódico católico y les propuso que le hicieran una entrevista, a pesar de que por ahora el club contaba con un solo integrante. Del otro lado del teléfono anotaron con interés todos los datos, pero no le dieron precisiones sobre la fecha de la posible entrevista. 

La falta de respuesta no lo desalentaba: por primera vez en su vida estaba comprometido con un proyecto más allá de la marmolería, y la idea de un grupo de gente desconocida que lo sacara de su rutina de inscripción de lápidas era el equivalente emocional a una celebración de año nuevo. Cambió los muebles del living de la casa, compró sillones más amplios y de tapizados que a cualquier persona que no admirase el diseño caótico de las nubes podrían resultarle repulsivos. Le pareció un gesto amable colgar, en la pared opuesta a la enorme reproducción brillante de La última cena, un retrato de celeste Cid que le hizo dibujar a uno de esos artistas callejeros que dibujan con los pies. De alguna manera todos esos preparativos cambiaron el foco de sus preocupaciones, y por un tiempo que le resultó novedoso y desafiante, dejó de sentirse un hombre solo, o mejor dicho, dejó de sentir que su única compañía era dios. 

El día que sonó el timbre Germán estaba vestido para recibir visitas, al igual que todos los días desde que había publicado el primer aviso. Cuando abrió la puerta tuvo la impresión de contemplar un milagro o una estatua divina, una duplicado diligente de sus sueños prohibidos, la mujer más bella que él hubiera visto fuera del mundo de las nubes. 

-Odio los cielos azules- dijo Melina – Me resultan aburridos y monótonos.

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No es mi amigo

noviembre 13, 2008

Pablo Natale y su cuento perfecto. 

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I’ve seen it coming

noviembre 12, 2008

Women and children first!

 

Soy el primero de los chicos