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Amarillo XII

noviembre 4, 2008

Rara pero no inaceptable, como un arquero con bufanda, la entrada de Mora al bar provocó en Ernesto una incomodidad tumultuosa. Le pareció ver en ella el equivalente de un vino impactante, afrutado, púrpura, de cepa imposible o sorprendente.  

Lo primero que le llamó la atención fue la sutil intrepidez de la mujer, evidentemente argentina, trasnochada y entendida en el arte de pedir un whisky. Un whisky verdadero. Un etiqueta verde, como si la madrugada madrileña le estuviera enviando señales de humo en español, letras gigantes de neón.
Ernesto se acercó con una excusa ridícula: no podía dejar que una mujer pagara por saber beber. A Mora no le importó la torpeza del gesto, y pensó que en todo caso sería bueno, buenísimo, dormir lejos de las fotos de su hermano y de su perro. A nadie le gusta atravesar un océano para reencontrarse con dos tragedias. Y Ernesto no estaba mal. Una espalda ancha, evidentemente argentino, pero no cordobés. Suficiente para esa noche. Íntimamente sintió una punción de mínima culpa por el hecho ciertamente irónico de que el whisky favorito de Omar le hubiera facilitado tanto las cosas. Pero tapó el síntoma con aquello que lo provocaba, y se dejó llevar. Se abandonó.
Ernesto le contó una historia común, exiliado de los ’90, primero mozo y después guarda vidas. Y ahora, comerciante. Un breve curso de enología y una fuerte pasión por los vinos lo habían convertido en un sommelier de cierto renombre.
Cuando llegaron al departamento Ernesto sacó de su bodega un Alma Negra 2003 y le explicó que 2007 era el año para beberlo. Y que además tenía la impresión de que ese vino sabía exactamente igual que los desconcertantes labios de Mora.
Primero el whisky, después el vino, y por último las melosas palabras de Ernesto: el resultado de esa ecuación sobre la piel de Mora era tan previsible para ella que incluso la aburría un poco. Pero se dejó llevar, como si estuviera exenta de voluntad o como si le diera lo mismo.
Ernesto era un caramelo durante una baja de presión, un amuleto dulce que la confortaba con la impresión de una insensata continuidad. El cuerpo perfecto de Ernesto adentro del suyo le producía una alegría diminuta, y piel y huesos eran ahora un organismo al menos invadido. Nadie invade un desierto. Nadie invade un territorio yermo. Por oposición, Mora conseguía sentir la fertilidad de una emoción acaso violenta: Argentina no había vuelto a vaciarla.
Ernesto no podía dejar de compararla con sus vinos preferidos y por alguna razón todo en Mora le recordaba a una bodega mendocina en particular, y la cosecha 2003. La piel tan púrpura de labios y pezones, la sensación jugosa de besarla, algo de fruta muy bien integrada a las notas de cuidado de un Malbec Patriota que había bebido poco tiempo atrás, en una cata de importados. Y el disfrute, el vasto disfrute que podía otorgar el cuerpo de Mora a un conocedor de vinos y cuerpos.
Mora tuvo un orgasmo ridículo, cómico. Ernesto no era un mal amante después de todo. Se durmió sin decir nada. Durante el desayuno, él le preguntó quién era Omar. Mora había dicho su nombre unas 200 veces mientras dormía.
Entonces Mora hizo algo extraño pero no inaceptable, mezcló los nombres, le dijo que Omar era su hermano. Que había muerto en 2003, en un accidente de moto. Que ella estaba en Brasil cuando sucedió, que había hablado con él dos horas antes del accidente y se habían dicho palabras habituales. Que su hermano manejaba, y que otro chico iba en el asiento de atrás. El otro había sobrevivido porque llevaba casco, pero había quedado idiota. Que la noche anterior había visto, en Madrid, a un océano de distancia de esa tragedia, una foto de su hermano y del idiota, en un portarretrato que colgaba de la pared del departamento de la abuela de una amiga. La amiga era prima del idiota, pero ella no sabía nada. Y ahora no quería volver a ese departamento ni siquiera a buscar sus cosas.

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2 comentarios

  1. “la boca de Mora revivió en Ernesto Romero un deseo vital”
    ..hijo de put..!!!
    me gusta mucho cómo escrib{is pero perd{on, no puedo resisitir la tentaci{on de decirte que esa frase para sacada de una novela de cor{in tellado, sobre todo por ese nombre.
    igual, esta muy bueno.
    saludos


  2. Qué buena observación.
    Lo cambié. Tenés razón.

    Escribo y publico, no trabajo los textos… ¡soy un salame!

    no debería hacer eso, pero tampoco quiero hacer otra cosa por ahora. Este tipo de comentarios me viene muy bien.

    Gracias por la buena onda.



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